Edmundo Moure, escritor

Memoria viva de Fernando Amarelo de Castro

Como si se tratara de un diálogo, de una conversación de amigos sostenida ayer… Así es el recuerdo que me liga en este instante con la memoria viva de Fernando Amarelo de Castro.Le conocí en 1997, con ocasión de las primeras gestiones para fundar nuestro Programa de Estudos Galegos en la Universidad de Santiago de Chile. Fernando servía entonces el cargo de Secretario General para las Relaciones con las Comunidades Gallegas. Era un virtual embajador y ministro de los vínculos entre la Xunta de Galicia y las múltiples asociaciones representativas de la diáspora gallega, sobre todo las de Iberoamérica.

Memoria viva de Fernando Amarelo de Castro
EdmundoMoure
Edmundo Moure.

Como si se tratara de un diálogo, de una conversación de amigos sostenida ayer… Así es el recuerdo que me liga en este instante con la memoria viva de Fernando Amarelo de Castro.

Le conocí en 1997, con ocasión de las primeras gestiones para fundar nuestro Programa de Estudos Galegos en la Universidad de Santiago de Chile. Fernando servía entonces el cargo de Secretario General para las Relaciones con las Comunidades Gallegas. Era un virtual embajador y ministro de los vínculos entre la Xunta de Galicia y las múltiples asociaciones representativas de la diáspora gallega, sobre todo las de Iberoamérica.

Pese a la evidente distancia de nuestras posturas ideológicas, logramos cimentar una sólida y duradera amistad. Compartíamos el mismo amor por Galicia, su gente, su historia, su cultura y su lengua rumorosa. Y si a ello agregamos los sutiles componentes del humor y la bonhomía, el resultado iba a ser una relación entrañable.

En abril de 1997, Fernando Amarelo me formuló una singular solicitud:

-Moure, tú ya escribiste –te lo acabamos de publicar– el ensayo comparativo de los imaginarios populares entre Galicia y Chiloé. Ahora voy a pedirte que escribas una biografía sobre el primer gallego que pisó las tierras australes y remotas de Chile.

-Hablas, Fernando, de Rodrigo de Quiroga y Camba, lugarteniente del conquistador Pedro de Valdivia, a quien secundó en la fundación de Santiago de la Nueva Extremadura, el día 12 de febrero de 1541.

-Sí, de ese mismo hablo, si es que fue el primero… Y los datos y fechas guárdalos de momento, para utilizarlos con propiedad cuando escribas el libro.

-Con gusto haré lo que me pides. Has de saber que Rodrigo de Quiroga era de la mejor región de Galicia… sí, de Lugo, cerca de Chantada, nacido en el casal de Seteventos, el 12 de febrero de 1512.

-Vamos, ¿en igual fecha que la fundación de Santiago de Chile?

-Así es. Y coincide también con la data de nacimiento de mi padre gallego, el 12 de febrero de 1912…

-Bueno, bueno, Moure, dejemos esos datos para especulaciones de numerólogos y aboquémonos a lo nuestro.

Un año más tarde le hice llegar mi encomienda. No era una biografía, sino una novela histórica, Memorial del Último Reino, publicada por la Presidencia de la Xunta de Galicia, en 2001. Cuando Fernando recibió el texto, me llamó por teléfono desde Compostela:

-Mira, Moure, te encargué una biografía de Quiroga y me has mandado un largo texto de aliento poético y de imaginación algo desbordada…

-Fernando, cualquier estudiante de enseñanza media puede pergeñar una biografía; basta que concurra a la biblioteca… Yo me entusiasmé con el personaje; puedo decirte que me visitó en sueños, pidiéndome que hiciera justicia a su memoria histórica de feliz adelantado.

-Bueno, hombre, no vamos a discutir eso ahora. Veremos qué hacer con este volumen. Aburiño.

Fernando Amarelo de Castro trajo personalmente aquel libro, aterrizando en Santiago del austro el 11 de septiembre de 2001, sí, el mismo día aciago de la destrucción de las torres gemelas. Íbamos a presentarlo esa noche, en el salón de los Reyes de Estadio Español, lo que hicimos, pero ante una mínima concurrencia de doce comensales, porque nuestra ciudad capital lucía como un mausoleo. Entre ellos, recuerdo a Germán Vidal, César Cifuentes, Manolo González, Antonio Estévez y a mis hermanos Mario y Juan Luis.

En junio del año 2000 visitó Chile el Presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga Iribarne. Venía a entrevistarse con Ricardo Lagos, en gestión oficial, para que el mandatario chileno otorgara permiso de pesca a barcos-factoría gallegos, solicitud que le fue denegada.

La Universidad de Santiago le concedió el Doctorado Honoris Causa y Fraga dio su respaldo entusiasta a nuestro Programa de Estudios Gallegos. Como era habitual, se reunió luego con representantes de la colectividad gallega y con el resto de españoles residentes, en los salones de Estadio Español, en multitudinaria ceremonia. Eran los días de la detención en Londres de Augusto Pinochet, y muchos socios de Estadio Español esperaban una condena explícita de Fraga al juez Baltazar Garzón.

Don Manuel Fraga, hábil y cazurro, esquivó el bulto, como torero eximio, y sólo habló de confraternidad hispana y de respeto por la identidad cultural y la soberanía de cada Estado.

El Presidente de Lar Gallego me había pedido un discurso especial para dar la bienvenida, en su nombre y en el de los gallegos residen­tes, al jefe del gobierno autonómico. Se lo preparé, tal como lo hacía para las festividades de cada 17 de mayo y 25 de julio, sólo que esta vez quise acentuar –concordando con las políticas de la Xunta de Galicia al respecto–, la importancia de recuperar y de extender el conocimiento de la lengua gallega entre los emigrantes y sus descendientes, al mismo tiempo que articular cursos de historia y de literatura gallegas.

Al presidente del Lar le gustaba que yo le entregase los discursos con una semana de antelación, a lo menos, impresos en letra grande y a doble espacio, para ensayar repetidamente su lectura. Así lo hice.

El salón de Los Reyes estaba repleto. Hubo que retirar las sillas para hacer más espacio. El público se ubicó en un amplio círculo en torno al podio de los oradores. Primero, habló Salvador Calera, presidente del Estadio, breve y preciso, evitando mencionar al detenido internacional y al juez implacable. Enseguida, el presidente de Lar Gallego de Chile comenzó a leer su discurso. Frente a mí, Fernando Amarelo de Castro escuchaba. El discursante se veía muy nervioso; leyó a trompicones, se saltó líneas, cambió palabras. A medida que avanzaba en la lectura, su nerviosismo parecía crecer y las hojas aleteaban en sus manos.

Fernando Amarelo clavó sus ojos en mí, alzó varias veces sus pobladas cejas, moviendo la cabeza con gesto de velado reproche. El bueno del presidente descendió del podio, para dejar paso a Manuel Fraga, quien habló sin papeles, empleando con soltura algunas expresiones en gallego.

Concluidas las alocuciones, el círculo se deshizo y buscamos ubica­ción para disfrutar de un generoso cóctel. De pronto, sentí que alguien me cogía con fuerza del brazo izquierdo, impeliéndome a seguirle. Era Fernando Amarelo. Sin hablar, llegamos al baño de caballeros. Nos ubicamos frente a los urinarios, en tácito dúo. Fernando habló, diri­giéndose a mi imagen en el espejo:

-Jamás pensé que podrías ser tan cabrón, Moure –me dijo. –Cómo se te ocurre hacerle un discurso así a mi amigo presidente… Manda carallo, que todos se percataron de que esas palabras no eran suyas.

-Hmmm…

-Moure, coño, a mí también me imponen, de vez en cuando, esa tarea de oratoria por interpósita persona, incluso para don Manuel, pero no se puede entregar un discurso tan disociado de quien lo va a pronunciar.

Tragué saliva, sin decir ni pío.

Esta tórrida mañana del 18 de enero de 2017, recibo la triste noticia del pasamento de Fernando Amarelo de Castro. Me encierro en mi despacho para rememorar su voz, sus gestos y ademanes, su ancha sonrisa fraternal. Y escucho, muy claro, la voz algo bronca y afectuosa, que me dice:

-Moure, te espero en el Paraíso, es decir, en el viejo Reino de Galicia… Tenemos todavía mucho de qué conversar… A ver si ahora me entiendes.

Edmundo Moure

Escritor

Memoria viva de Fernando Amarelo de Castro