JOSÉ ANTONIO TORRES, EMIGRANTE GALLEGO QUE PEREGRINÓ EN BICICLETA DE HAMBURGO A COMPOSTELA

“Sentí la sensación de que durante todo el trayecto había sido arropado por alquien o algo”

Procedente del municipio de Ribadumia, en la provincia de Pontevedra, con dieciséis años sus padres le llevaron a Hamburgo, donde reside actualmente con su mujer y su hijo. Fiel católico, había hecho la promesa de hacer el Camino de Santiago si se recuperaba de una afección del corazón. Tras un año entero de preparación, el pasado 14 de mayo salía de su casa rumbo a Compostela en bicicleta, solamente acompañado de un equipaje de 17 kilos, pero con mucha ilusión e innumerables incógnitas por descubrir.
“Sentí la sensación de que durante todo el trayecto había sido arropado por alquien o algo”
Torres, a su paso por Saint-Jean-Pied-de-Port.
Torres, a su paso por Saint-Jean-Pied-de-Port.

Procedente del municipio de Ribadumia, en la provincia de Pontevedra, con dieciséis años sus padres le llevaron a Hamburgo, donde reside actualmente con su mujer y su hijo. Fiel católico, había hecho la promesa de hacer el Camino de Santiago si se recuperaba de una afección del corazón. Tras un año entero de preparación, el pasado 14 de mayo salía de su casa rumbo a Compostela en bicicleta, solamente acompañado de un equipaje de 17 kilos, pero con mucha ilusión e innumerables incógnitas por descubrir.

Después de recorrer más de 3.000 Kilómetros a través de Alemania, Bélgica, Francia y España, José Antonio Torres llegaba el 20 de junio a la ciudad del Apóstol. Al día siguiente de su llegada asistió a la misa del peregrino. Se quedó unos días descansando en Galicia, y visitando a familiares y amigos y a su padres, emigrantes retornados residentes en Villagarcía de Arosa. Ocho días después de llegar a la ciudad del Apóstol llegaba el momento de regresar a Hamburgo con la ‘Compostela’ y sus experiencias y recuerdos del viaje.
Pregunta. ¿Qué le motivó a hacer solo el Camino de Santiago?
Respuesta. Hace cinco años pensé que si me tocara la lotería haría el Camino en bicicleta, pero fue después de sufrir un infarto de miocardio, en abril de 2007, cuando en la clínica de rehabilitación, aquello que había pensado en broma se convirtió en promesa.
P. ¿Tuvo apoyó de su familia cuando se planteó el peregrinaje?
R. Mi familia, mi mujer y mi hijo, no es que pegaran saltos de alegría con la idea, más que nada por miedo de lo que me pudiera pasar en el trayecto, pero en ningún momento trataron de disuadirme, aunque fue cuando empecé a comprar el equipo para el viaje cuando se dieron cuenta de que la cosa iba realmente en serio. Entonces, ellos mismos empezaron a vivir con entusiasmo la preparación. Lo único que me pidieron es que hiciera fotos en el camino para contarles luego lo que había visto y vivido.
P. ¿Qué era lo que más le preocupaba a la hora de emprender un recorrido tan largo en bicicleta?
R. El perder el ánimo durante el camino y no poder alcanzar la meta.
P. ¿En cuántas etapas hizo el trayecto?
R. En treinta y ocho etapas, en las que tuve sólo tres días de lluvia. Con la lluvia es difícil avanzar, porque si te tapas mucho te sientes incómodo. Yo tenía más miedo del calor en España. Por la Tierra de Campos, si hace calor es muy duro el camino, sobre todo para los que eligen la Vía Romana, pero tuve suerte y casi todo el tiempo estuvo nublado.
P. ¿No tenía miedo a la soledad?
R. Yo nunca me sentí solo. No sé como expresarlo, fue una sensación que me acompañó desde que salí de casa hasta llegar a Santiago.
P. ¿Tuvo algún momento de desánimo?
R. Sí, en tres ocasiones, fue en Bergisches Land, todavía en Alemania, luego frente a los Pirineos y, ya en España, en la Sierra del Perdón. Al llegar a los Pirineos, por ejemplo, y mirar esa mole de montañas altísimas creí que nunca sería capaz de superarla. Decidí entonces, en vez de mirar hacia arriba, mirar hacia el camino y pedalear. Después de poco tiempo me dí cuenta que ya faltaba muy poco para llegar al punto más alto. En tales momentos de desaliento, un mensaje en el móvil, de la familia, amigos o compañeros de trabajo, preocupándose por mí y dándome ánimos, me motivaba a seguir. Siempre encontré ánimos de nuevo y el desaliento nunca duró más de unos minutos.
P. ¿Siguió dentro de Alemania ya las rutas jacobeas?
R. Sí, seguí la Ruta Báltica, que pasaba por Schleswig-Holstein y cruzaba el Elba a la altura de Wedel. Como yo quería hacer la ruta del peregrino que sale desde su casa, tomé el barco en Schulau para atravesar el Elba, ya que nosotros vivimos en Sülldorf, un barrio de Hamburgo situado solamente a seis kilómetros de allí. El capitán del barco me dio ánimos para el viaje y se emocionó de poder poner, por fin, el sello sobre las credenciales de un peregrino, lo que nunca había hecho antes.
P. ¿Dónde se alojó?
R. En monasterios y albergues de peregrinos y, alguna vez, también en albergues juveniles o pensiones. Como no había planeado hasta donde llegar en cada etapa, no tenía nada reservado, así que en algún caso, como en Château Thierry, en Francia, había demasiada gente en el albergue y me fui a un hotel para pasar la noche.
P. ¿Se sintió ya como un peregrino desde que salió de casa, o ese sentimiento comenzó al pasar los Pirineos?
R. Dónde ya me sentí como un peregrino, verdaderamente, fue al llegar al Monasterio Benedictino de Damme, aún en Alemania. Llegué allí empapado hasta los huesos y, a pesar de la hora, las nueve y media de la noche, los monjes no sólo me dieron asilo, sino que además me sirvieron una cena caliente improvisada. Muy buena fue también la acogida por parte del sacerdote de las Misiones Católicas de Remscheid. En Kornelimünster, cerca de Aquisgrán, viví de forma más intensa la vida monacal, ya que pude compartir las horas de oración con los monjes de la abadía. Ya en Francia, en Charleville, volví a sentir de nuevo la protección de los benedictinos. Durante todo el camino me sentí arropado, como peregrino, por los conventos de esa orden.
P. ¿Qué diferencia notó al pasar los Pirineos?
R. Es llegar y encontrar muchos negocios en los que todos venden las mismas cosas: las misma camisetas, los mismos bastones, los mismos pins, todo está muy comercializado. Otra diferencia que noté es el trato en los albergues en España, que en algunos no es tan bueno como sería deseable.
Al llegar a Roncesvalles te sientes como en un cuartel con reclutas nuevos, porque hay gente de todas partes del mundo que comienzan allí el peregrinaje. Me llamó la atención que había muchos asiáticos, pero no vi a ningún musulmán, aunque la mayoría de los peregrinos de hoy no hacen el Camino de Santiago por motivos religiosos, sino por deporte, por el contacto con la naturaleza, por interés cultural o por pasar unas vacaciones diferentes y económicas.
P. ¿Se encontró con muchos peregrinos que hicieran una ruta tan larga como usted?
R. Me encontré con un anciano de 84 años que había salido de Japón, a pie, en peregrinación a Santiago de Compostela y que llevaba año y medio caminando. También encontré a un alemán con su hijo que iban desde Baviera y querían llegar a Finisterre. En Bélgica, me encontré con unos holandeses que hacían un largo peregrinaje, pero no a Santiago sino a Roma.
P. ¿Qué le marcó más de esa experiencia?
R. El tener tiempo para estar a solas conmigo mismo, tener vida interior y poder apartarme del estrés cotidiano. También el encontrar a personas como Jesús, hospitalero en Navarrete que, después de conocer mis inquietudes, me orientó y me recomendó direcciones útiles para el resto de “mi camino”, o como José Luis, un hombre que se convirtió al catolicismo después de haber hecho a pie el Camino de Santiago, con quien tuve el placer de poder charlar. Desde su conversión, José Luis realiza una labor especial, dándole un toque espiritual y humano al trato que le ofrece a cada uno de los peregrinos que se acercan hasta su albergue en Tosantos. Esas cosas te hacen pensar, dejan huella.
P. ¿Cómo se sintió al llegar a Santiago de Compostela?
R. Conmovido. Había conseguido mi propósito y me sentí agradecido por lo vivido durante el camino; sentí la sensación de que durante todo el trayecto había sido arropado por alguien o por algo, una fuerza abstracta que no puedo definir.
P. ¿Qué le aconsejaría a alguien que quisiera hacer el Camino de Santiago, como usted lo hizo?
R. Que lo prepare bien, pero con la predisposición de ir adaptándose a lo que el camino le ofrece, hay que ser positivo y realista, no marcarse metas, no forzar el camino sino vivirlo, darse el tiempo para saborear todo lo que se va descubriendo. Yo aconsejo a cualquiera que pueda, que lo haga.

“Sentí la sensación de que durante todo el trayecto había sido arropado por alquien o algo”