TRIBUNA ABIERTA DE JUAN MANUEL GIRÁLDEZ PÉREZ

¡Que Dios me perdone! Otra oración para Zaira

| 1 de abril de 2013, 15:30
Manolo y Zaira.

Para hablar con Dios no se necesita intermediarios, ni lugares especiales. Para hablar con Dios, solo se necesita el amor, la fe noble y sincera y el arrepentimiento verdadero de cualquier falta cometida con la promesa firme de que jamás se volverá a repetir, cosa que muy pocos cumplen.
Cuando Él se llevó a mi esposa; a mi compañera de toda la vida, siento que también se llevó una gran parte de mi vida, que quedó vacía sin ella.
Amo mucho a mis hijos, pero ellos tienen su vida y sé que siempre sabrán encauzarla por el camino más correcto.
Mi deseo sincero es que esa vida les permita disfrutar la felicidad que su madre y yo disfrutamos por más de 50 años, compartiendo, siempre juntos, lo que la vida nos ofrecía y nos exigía.
Nada le pedí a Dios con más angustia, con más amor, con más fe y con más esperanza de que me oiría, que no se la llevara aún porque hacía mucha falta en este hogar: a sus hijos, que siempre la han amado, a sus nietos y a mí.  
Le pedí con todo el dolor que sentía, que nos la dejara un tiempo más. Le ofrecí a cambio mi vida… ¡pero no me escuchó!
Por eso, en mi primer artículo, ante la partida de Zaira, dije, en ese momento de amargura e impotencia que hasta la fe en Dios había quedado reducida a la mitad… y aún está por ahí.
Él tenía que saber, mejor que nadie, que a ella todos la necesitaban más que a mí. ¡Zaira me enseñó tantas cosas cargadas de su gran amor y nobleza, pero no me enseñó a vivir sin ella!
Le pedí que me ayudara a sepultar este dolor inmenso, pero no sé si podrá hacerlo.
¡Quién pudiera saber que ocurre más allá de la vida!
Muchas veces, Zaira y yo nos hemos preguntado, viendo el desastre en que se había convertido este nuestro planeta, que Dios creó, en donde tantos millones de seres, se mueren de hambre y abandono, siendo siempre los niños y los ancianos las victimas más inocentes, ante la indiferencia del gran capital y de los gobiernos indeseables, incapaces o forajidos.
¿Qué está pasando Dios mío?
Si se trata de una guerra entre Dios y el diablo, ese diablo, está ganando muchas batallas y ¡cuidado! Hay tanta maldad a la vista y oculta en el mundo que podemos correr en riesgo de perder la guerra.
Es preocupante y cierto, ver cómo los altos jerarcas, representantes de Dios en la tierra, no están siguiendo el sendero que su Hijo, Jesucristo predicó y enseñó.
Solo tenemos que analizar, al lado de quién están los que componen el equipo directivo del Vaticano, extendido por el mundo: Los obispos y cardenales ¿están al lado del pueblo trabajador, profesional o no, de los humildes y de los pobres? ¡No, claro que no! Están y estuvieron a través de los años, los siglos y la historia, salvo honrosas excepciones, al lado del poder y la riqueza, al lado de temidos y bárbaros dictadores, reyes y potentados.
Algunos Papas han intentado hacer cambios profundos en la Iglesia Católica, pero no lo han conseguido. ¿Por qué?
No estoy en capacidad de adentrarme más por los caminos de este profundo tema, pero quiero dejar en el aire una pregunta al futuro ¿Algún día la Iglesia Católica, la Iglesia de muchos millones de seres, volverá al camino labrado por Jesucristo, o tendrá que volver Él, a comenzarlo con su látigo bien afilado? ¿El amor, la bondad, la nobleza, la solidaridad, la honradez y la humildad serán un día la base firme de la vida del ser humano?
Como siempre estoy escribiendo lo que me viene a la mente. No sé si pueda ser bueno o malo para quien lo esté leyendo; pero si sé que estoy dentro de la lógica y la verdad, que es la ley humana en la que yo creo y practico. Hasta ahora nadie ha podido demostrarme con lógica, lo contrario.
En muchas oportunidades, por distintos motivos, he dicho ¡bendita Venezuela! Hoy quiero repetirlo, con más fuerza, con mucho amor, ¡Bendita Venezuela! Por haberme concedido una esposa como Zaira. Y quiere gritar, también, ¡Bendita Galicia! mi tierra de cuna, querida e inolvidable por haberme dado los valores humanos necesarios, para merecerla y haberla querido tanto.
Zaira Almeida Landaeta, mi esposa amada, te quiero mucho, muchísimo, y te seguiré amando por encima de todas las cosas del mundo, de lo humano y lo divino. ¡Y que Dios me perdone!

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