Opinión

Enrique Federico Amiel, un ensayo de Gregorio Marañón

Isaac Otero | 10 d septiembre d 2012

“Querida amiga: Tú sabes bien que una de mis preocupaciones de siempre ha sido no ser ‘amielista’. No he querido profesar la religión de ningún grande hombre: ni Goethe, ni Napoleón, ni siquiera Cervantes. Menos aún de estos otros hombres que, sin haber sido genios, han logrado dejar en la posteridad una larga estela de admiración, de curiosidad o de atracción inexplicada: tal Casanova, tal Amiel”, escribe el ilustre médico y ensayista español Don Gregorio Marañón en su “Prólogo a la edición francesa. Una carta sobre Amiel y mi Amiel. Ginebra, junio 1934”, incluido en la 5ª edición de su obra Amiel, Espasa-Calpe, S.A., Colección Austral, Madrid, 1953.
Conviene recordar que este libro está dedicado “A Mr. Archer M. Hunthington, creador y alma de la “Sociedad Hispánica de Nueva York, con la gratitud de un español”. Gregorio Marañón, refiriéndose a Amiel y su Diario, nos relata cómo él mismo antes de no ver publicado su ensayo se negó a visitar los lugares de Amiel, leer sus manuscritos, tocar sus recuerdos materiales y conocer a sus amigos. Don Gregorio, tiempo después, reiteró idénticos paseos y caminos que realizara Amiel, panoramas y crepúsculos que tanto le agradaban y el mismo trayecto cotidiano desde su casa hasta su cátedra. Más tarde visitó a M. Bernard Bouvier, discípulo y devoto “amielista” del profesor de la Universidad ginebrina: el depositario de sus póstumos secretos y fiel guardador de su culto. También nos señala que el pensador, objeto de su estudio, Enrique Federico se enamoró de la bella Philine. “¿Y esa otra mujer, cuya importancia en la vida de Amiel he destacado por vez primera: Egerie?”, se interroga Marañón.
Amiel. Un estudio sobre la timidez es el título completo de la célebre obra de Marañón, quien estructura su monografía en XVI capítulos y un beneficioso “Índice de nombres” citados a lo largo del volumen. Tras “Una ventana y un interior”, nos situamos ante su biografía y las relaciones existentes entre Amiel y España. Analiza las “categorías” y los “mecanismos” de la timidez. Para ello dispone, como médico que fue, de su excelente “ojo clínico” y los fundamentos que influyen en la personalidad de todo ser humano. El “tímido superdiferenciado” al igual que la “evolución del objeto sexual en el hombre”. A continuación, el “donjuanismo y timidez” y “el fetichismo del ideal”. Recurriendo a sus “diagnósticos”, revisa su niñez enfermiza, los afectos con la madre y el padre, la aversión al amor físico así como el “ambiente puritano”.
En cuanto a la “femineidad” y el “afeminamiento” –desarrollado en el capítulo VII– el humanista español incide en “los retratos de Amiel” y “el prestigio físico”. Después, “la obsesión de la compañía femenina”, “la busca del ideal” y “el miedo a la convivencia”. La prosa de Marañón nos invita a recorrer las sendas de las “sombras femeninas”, “la edad crítica”, “Fanny, la virgen viuda” y “la serpiente entre las flores”. Ante el espejo nos refracta a “Berta, la ahijada”, “la secretaria y novia”, sin olvidar la “prestidigitación amorosa”.
El hondo estudio intelectual nos muestra –comprobemos el capítulo XIV– el “error de interpretación donjuanesca”, “Amiel y Casanova” y “paisaje y sexualidad”. Revisa “la encrucijada del narcisismo” y “la ternura de los niños”. “Quiero, en fin, dejar otra vez bien hincada mi persuasión de que Enrique Federico Amiel, como tantos otros tímidos –señala Marañón–, perteneció a una categoría superior de varones”.

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