Opinión

Rato: el Montblanc en la oreja

Rodrigo Rato de Figueredo, la ‘esperanza blanca’ del Partido Popular (PP), estaba destinado a ser el sucesor de José María Aznar López en el Gobierno de España, pero no aceptó la propuesta y fue Mariano Rajoy Brey el sustituto. El ‘genio’ de las finanzas en un mundo en el que el dios-economía sustituyó a la política como ejercicio del bien común resultó ser lo que todos intuíamos: un ladrón y un fiasco.
De sus años de bonanza quedan los despojos de un sistema financiero de ejecutivos de botijo. En Iberoamérica identifican a los ejecutivos españoles por el ‘Montblanc’ en la oreja. Las pruebas están en el pedigrí de sus gastos. Pan y circo, cuchipanda y pubs. Un recordado dibujo de Forges de los setenta mostraba a un representante internacional español, detrás del letrero Spain dirigiéndose al de la izquierda y al de la derecha con estas palabras: “Un pitillo”.
El escándalo de las tarjetas opacas de Bankia coincide con el estreno de Torrente 5, otro buen ejemplo de la comunión de gustos, de la España más que vertebrada, que existe entre los que nos gobiernan y los gobernados. Copas, viajes, bolsos, lujo, comida, restaurantes… ¿aquí nadie compró un libro? ¿un cuadrito? ¿un CD de jazz?
En Rato y sus cómplices encontramos un feísmo carpetovetónico del gasto, del tener antes que del ser, porque se es teniendo, como un adolescente cualquiera o como un nuevo rico.
Estos son sus ejecutivos que hoy están dirigiendo empresas o bancos semipúblicos y mañana en un ministerio o en el gobierno. Recomendados para dirigir organismos internacionales, como Ana de Palacio del Valle Lersundi o Miguel Arias Cañete, un ‘equipo ganador’ de personas respaldadas por lo que parecen pero no por lo que son.

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