Opinión

Desmemoria

Xurxo Martiz | 05 de diciembre de 2016

A raíz de la muerte de Fidel Castro Ruz, y de las declaraciones posteriores de ‘entendidos’ periodistas, público, opinadores, ‘especialistas’, escritores y presentadores de cualquier cosa, me he dado cuenta de que varios fantasmas recorren el mundo: la ignorancia, la prepotencia, la mentira y la desmemoria.
No voy a defender la revolución cubana por los ya tópicos ejemplos de la sanidad y la educación. Hay algo más. En Cuba no se vivió con carestía sino hasta la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), mientras que en el resto de Latinoamérica sobrevivir nunca dejó de ser una proeza, no hablemos de tener asistencia sanitaria o una vivienda, eso sí, en sistemas políticos ‘democráticos’ del agrado de cuatro descerebrados que desde Estados Unidos de América y Europa pontifican y santifican la vida de los estados dependiendo la cantidad de colorines que se presentan a una elección.
Colorines y animalitos combinados con palas (lampas en Perú), chullos, escobas, gallos, etc. Elecciones para un mundo de analfabetos que deben elegir a sus representantes por medio de colorines, dibujitos o símbolos… triste epitafio para unas democracias latinoamericanas que deberían ser arrasadas con un tractor y sus restos, su turba incinerada en una hoguera votiva pidiendo “moral y luces”.
Pero de cultura ya habló José Julián Martí Pérez, creador del Partido Revolucionario Cubano y de la Guerra de Independencia de Cuba, mucho antes, para todos, todos nosotros, los americanos. Cultura de la de verdad, no la del título universitario que es sólo una destreza para ganar el pan, sino la cultura que da el saber que todos esos opinadores y ‘especialistas’, gobiernos y ‘democracias’ amigas son parte de esos fantasmas que recorren el mundo.
La expulsión de millones de latinoamericanos, pobres, al Estado español en la década del 2000 es buena prueba de la ‘buena salud’ de las democracias latinoamericanas que no daban problemas. En Ecuador, la comunidad más numerosa, la gente no tenía ni para comprar un jarabe para la tos y las farmacias vendían una cucharada. Eso sí… era una ‘democracia’.

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