Opinión

Los constantes casos de corrupción en el Estado español han roto un mito, porque los funcionarios españoles también son corruptos, igual o más que sus alumnos latinoamericanos. Desde los organismos de seguridad del Estado hasta los puestos más altos de los ministerios siempre hay una puerta abierta para los ‘amigos’ y los ‘negocios’.
La trama corrupta del miembro del Partido Popular (PP) Francisco Granados Lerena hubiese sido imposible sin la colaboración activa de funcionarios municipales y autonómicos. De la misma manera la trama del empresario del Partido Popular Gerardo Crespo Riestra en A Coruña hubiese sido imposible sin la colaboración interna de funcionarios de la Xunta de Galicia y la de Vendex en Galicia sin funcionarios municipales. El duque de Palma, Iñaki Urdangarín Liabert, utilizaba a diversos funcionarios autonómicos a su antojo. Lo mismo que todos los miembros de la trama Gürtel. La lista es interminable. No hay ningún caso de corrupción que no afecte a funcionarios.
El corruptor necesita de un corrupto que a su vez es otro corrupto. La incorruptibilidad del funcionariado deja de ser tal ante el poderoso. Es el ciudadano anónimo, al que ponen una multa de tráfico, municipal o cualquier otra, el que debe cargar con el peso de la ley y sufrir sus consecuencias.
España es un país con una larga tradición de corrupción. Fue la escuela de todos los países latinoamericanos y uno de los productos estrella que “exportó” a América junto con la gripe, la caña de azúcar, la religión y las clases altas parasitarias que vivían de rentas y no de trabajar.
El entramado de leyes inútiles e inaplicables –en la actualidad España tiene 120.000 leyes–, desarrollaba la ‘viveza’ de los funcionarios españoles coloniales a la hora de prostituirse, corromper y corromperse. Desde el inicio de la conquista genocida los conquistadores repetían una y otra vez aquello de “ladrón que roba a ladrón…”. El ladrón mayor siempre fueron los reyes, después venían los ‘conseguidores’ y los vivos.
La época de oro de la corrupción española y origen de grandes fortunas que aún mandan en la actualidad fue la dictadura fascista de Francisco Franco Bahamonde. La familia del dictador fue una de las que más se lucró con estas ‘artes’, después vinieron los funcionarios y empresarios que crecieron ‘consiguiendo’ contratos y suministros para el Estado, porque el Estado, los ciudadanos, es la única empresa que ha dado dinero en este país lleno de ‘liberales’ de apariencia. Mientras se llenan la boca con palabras como eficiencia y rentabilidad, por otro lado no saben privatizar la corrupción y corromper con regalos y prebendas instituciones privadas. En fin.

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