Opinión

La foto del cadáver del pequeño Aylan, de tres años, ahogado en las costas turcas, no permite distinguir entre lo horrible y lo terrible. Tal vez haya sido hasta un milagro que llegase este pequeño a esa edad, teniendo en cuenta que nació en un país en guerra y todas las penalidades que tuvo que pasar para, literalmente, morir en la orilla.
Sólo desde la exhibición del cuerpo de Aylan millones de personas pueden sentir que todos esos hombres, mujeres y niños que se agolpan en la estación de Budapest tuvieron que pasar por un calvario que comenzó con una guerra orquestada desde no se sabe bien dónde, hasta llegar a una plaza en ninguna parte. Atrás dejaron familiares muertos por bombas, ahogados o asfixiados en camiones de pollo.
Aquí los responsables no son los mal llamados ‘traficantes de personas’, única posibilidad de cientos de miles de personas para poder llegar a países sin guerra, sino aquellos gobiernos que, con su indiferencia y prepotencia, justifican la guerra.
Aseguraba la exministra de Defensa del PSOE, Carme Chacón, para justificar la agresión a Libia: “A Libia se va con hechos ciertos, la masacre de la población por parte de Muamar el Gadafi, mientras que a Irak nos llevaron con mentiras, las de las famosas armas de destrucción masiva que nunca existieron”. Dice el Talmud de Babilonia que aquel que salva una vida, es como si salvase al mundo entero, pero Occidente se ha empeñado en matar al mundo entero... para salvar una vida, la suya.

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