Opinión

Un Nobel para la UE

Roberto Mansilla Blanco | 19 de octubre de 2012

Diversos enfoques se pueden matizar con respecto a la reciente designación de la Unión Europea (UE) con el premio Nobel de la Paz 2012. Rara vez se realiza un galardón de este tipo para un organismo, en este caso supranacional. Pero la decisión de este año de la Academia sueca arroja diversas polémicas, tantas como la que se recrearon con el premio 2009 concedido entonces al actual presidente estadounidense Barack Obama.
Nadie duda el valor moral del proceso de unificación europea impulsado con la finalidad de consolidar el proceso de reconciliación en Europa tras la II Guerra Mundial. Lo que en 1951 se originó a través de la Comunidad Económica del Carbón y el Acero (CECA), que dio paso en 1957 a la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE) para, posteriormente en 1993 denominarse como Unión Europea (UE), se ha consolidado como un verdadero foro de integración, principalmente económica, y que ha tenido en la reconciliación franco-alemana como su motor y eje impulsor.
Si tomamos en cuenta la composición actual de la UE y su conformación geopolítica, tenemos a 27 países miembros, incluyendo a todas las variables geográficas europeas, del Norte y el Báltico al Atlántico, el Mediterráneo, los Balcanes y Europa central y del Este, esta última la ampliación más numerosa, acelerada y compleja por incluir a los países de la ex Europa comunista. Bien es cierto que no están todos los países europeos, como Noruega, Ucrania, Suiza, Bielorrusia, Serbia, Rusia e incluso Turquía, polémico y aparentemente eterno candidato, pero su éxito y atractivo no deja lugar a dudas.
Sin embargo, la esencia de la UE deja contrastes muy marcados. Muchos critican el excesivo peso del eje franco-alemán así como la debilidad política unitaria de la UE a través de una política exterior mucho más “atlantista” con EE UU. Precisamente, uno de los ejes donde el fracaso europeo ha sido mayor lo constituye una política exterior errática, incapaz de decidir con fuerza y autonomía ante diversos conflictos. La UE ha hecho coro común con Washington y la OTAN en guerras como Kosovo, Afganistán o Libia, mientras su fracaso ha sido notorio como ente mediador y pacificador en las guerras balcánicas de la década de 1990, específicamente en el caso de Bosnia y Herzegovina.
Otros critican la excesiva burocratización de las instituciones europeas y un déficit de consulta democrática que empaña diversos logros, como la integración económica (más allá del peso del euro) o incluso social, con la libre movilización de personas. No está claro si la UE terminará constituyéndose en un Estado supranacional que respete las minorías y particularidades o bien el proyecto europeísta sufrirá una parálisis prolongada, tal y como se aprecia en la actualidad.
Pareciera más bien que el Nobel de la Paz 2012 para la UE supone un bálsamo significativo en el momento más crítico de Europa como ente de integración, a tenor de la crisis económica, de las tensiones y presiones sobre el incierto futuro del euro y de los conflictos sociales que aumentarán mientras el descontento se acrecienta. Quizás más bien sea otro el ‘premio’ que necesita Europa en estos momentos.

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