Opinión

No parecen correr buenos tiempos para las monarquías europeas. Veamos dos  ejemplos: la reciente coronación del nuevo Rey de los belgas, Felipe, tras la abdicación de su padre Alberto II, suena a giro casi desesperado por la crisis. No se invitó a ninguna Familia Real europea para dar imagen de austeridad económica y no levantar suspicacias ni polémicas por un oneroso gasto oficial, que ya de por sí lo es la propia ceremonia de entronización.
El país, Bélgica, una construcción artificial nacida en 1830 en gran medida fraguada por la geopolítica británica de dividir a los europeos para debilitarlos (en particular Francia y Alemania), es una nación dividida entre dos comunidades, la flamenca neerlandesa y la valona francófona. No hay que olvidar que desde 2010, y a través de diversas crisis políticas, Bélgica ha permanecido prácticamente sin gobierno de unidad nacional. El partido nacionalista flamenco Vlaams Berlang, clave hoy día en la formación de cualquier gobierno belga, no asistió a la austera coronación de Felipe.
No muy lejos anda la monarquía española, que no escapa del juicio público por la crisis y la corrupción imperante. El himno español fue pitado severamente en la inauguración del evento de promoción de la ‘Marca España’ en Barcelona, con la presencia del heredero a la Corona, otro Felipe pero éste de Borbón y Grecia. Mientras, crece el independentismo catalán y se intensifican las presiones sociales para la eventual abdicación del monarca Juan Carlos I.
La indignación popular por la corrupción establecida en la política española y los onerosos dispendios de la Casa Real, los cuales de paso serán ahora hechos públicos para “amortiguar la indignación”, permiten igualmente considerar el avance del republicanismo.
Difícilmente las monarquías europeas desaparecerán de la noche a la mañana. Y difícilmente, también, las mismas serán “víctimas” de una crisis económica que carcome a las clases medias y populares europeas. Unas clases sociales cuyos segmentos, en algún momento, no fueron exactamente antimonárquicos cuando la bonanza y la prosperidad lo permitían. Hoy aparentemente manifiestan una posición crítica y hasta intransigente con la monarquía, ya que el panorama es diametralmente distinto.
Para los defensores monárquicos, esta institución de indudable carácter histórico garantiza la unidad nacional. Una curiosa unidad nacional que, en el caso de flamencos, catalanes o vascos, por tomar algunos ejemplos, no parece ser efectiva, simplemente porque no se sienten representados por la figura del monarca, ni siquiera en Estados federalizados como Bélgica o España. Si la Europa de los ciudadanos se impone, como debería de ser, la monarquía, un anquilosado recuerdo histórico que en los tiempos modernos (o postmodernos) manifiesta un carácter antinatural para el raciocinio humano, no tendría razón de existir. Pero existe y medra: allí está la princesa Kate (Catalina) de la familia real inglesa, cuyo reciente hijo varón garantiza que, por lo visto, hay monarquía británica para rato.

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