Opinión

Las negociaciones que actualmente se llevan a cabo en Bruselas (Bélgica) para acelerar el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP en inglés) supone un capítulo más de la necesidad geopolítica entre Estados Unidos de América (EE UU) y la Unión Europea (UE) para crear marcos de contención orientados a disminuir el peso de otros ejes giratorios, como es el caso de la asociación estratégica entre China y Rusia, y cuyas repercusiones se verán igualmente en el avance de la Iniciativa Transpacífico que impulsa desde 2011 el presidente Barack Hussien Obama hacia la zona de Asia-Pacífico.
El ‘neoatlantismo’, esta vez con perfil comercial, intenta abrirse de forma acelerada entre EE UU y Europa. Mientras Grecia sigue convulsionando a la Unión Europea, especialmente por la cada vez más tensa discusión sobre la negociación de los pagos del rescate de la ‘troika’ que ha enfrentado a Atenas con países como Alemania y España, toda vez la crisis ucraniana ha certificado el nivel de máxima tensión entre Rusia y Occidente, a pesar del reciente acuerdo de Minsk, tanto en Washington como en Bruselas se aceleran los pasos para fortalecer una nueva perspectiva atlantista, más allá del plano militar certificado en la OTAN.
Por ello, la concreción de marcos geopolíticos de mayor dimensión en los Océanos Atlántico y Pacífico, con las miras puestas en fortalecer un eje de contención a la cada vez más consolidada asociación estratégica entre China y Rusia, parecen ser los móviles de actuación de Obama. En este último apartado entran los dos ejes estratégicos que Obama quiere dejar atados antes del final de su mandato en 2017: el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP en inglés) con la Unión Europea, y la Iniciativa de Asociación Transpacífica (TPP) en la ribera del Asia-Pacífico, cuya prolongación hemisférica occidental es la Alianza del Pacífico conformada desde 2012 por México, Perú, Chile y Colombia.
Aunque el TTIP lleva tiempo de negociación, la crisis ucraniana, en particular en lo relativo a la dependencia energética europea de Rusia, así como las distorsiones en el mercado petrolero, han persuadido a Washington y Bruselas a acelerar el TTIP. El eje atlantista sabe que la caída de los precios del crudo supone un duro golpe para la nomenclatura del poder en el Kremlin, toda vez China, el estratégico socio ruso, se beneficia de esta caída, que le permite seguir manteniendo sus espectaculares niveles de crecimiento económico, a pesar de los síntomas de leve ralentización registrados desde 2013.
Pero esta visión del ‘neoatlantismo’ que tangencialmente amplíe las perspectivas de actuación de la Alianza Atlántica a través de la OTAN, servirá igualmente para ejercer un eje de contención a la asociación estratégica entre China y Rusia, cuyos márgenes de ampliación están focalizados a través de los BRICS, de la Conferencia de Shanghai y, eventualmente, de los nuevos proyectos de integración establecidos recientemente por Beijing (Pekín), en especial la CICA (Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de la Confianza en Asia), la Casa Común Asiática y la Ruta de la Seda, que recrea un margen de distribución y cooperación comercial entre Asia y Europa a través de China.
Por tanto, el TTIP y el TPP se erigen como los instrumentos geopolíticos en los cuales Obama intentará asegurar la preeminencia occidental y atlantista en la conformación del nuevo sistema global para las próximas décadas, cuya afirmación se focaliza en contener las áreas de influencia y expansión china. Puede que aquí radique el verdadero legado que Obama quiere dejar para la próxima presidencia en la Casa Blanca.

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