Opinión

Kurdistán

Roberto Mansilla Blanco | 10 d septiembre d 2012

En columnas anteriores he tratado el espinoso tema del Kurdistán, el principal pueblo a nivel mundial sin un Estado propio. No es un tema marginal ni mucho menos invisible, ya que estamos hablando de más de 30 millones de kurdos, los cuales más de la mitad viven en la actualmente reconocida República de Turquía.
Pero es precisamente la invisibilidad el ‘mantra’ que define todo lo que tiene que ver con el Kurdistán, tanto como las guerras y los conflictos parecen ser el termómetro de medición, o de atención, sobre el problema kurdo. Lo fue durante años con el conflicto iraquí, especialmente en las guerras de 1991, legalmente ésta aprobada en el Consejo de Seguridad de la ONU; y la de 2003, ilegal e ilegítima ante la ONU pero unilateralmente llevada a cabo por EE UU y sus aliados. Y lo es ahora con el sangriento conflicto en Siria, el cual revitaliza el legítimo deseo de los kurdos por constituirse en un Estado nacional soberano y reconocido internacionalmente.
Tanto como la invisibilidad y el detonante conflictivo del problema kurdo, es imprescindible considerar que, históricamente y de forma desafortunada, el futuro de los kurdos viene más bien decidido y definido por agentes exteriores, ajenos al soberano derecho de los kurdos de decidir su destino. Tras el final de la I Guerra Mundial en 1918, se ideó la posibilidad de crear un Gran Kurdistán apoyado por EE UU y Gran Bretaña que no pudo ver la luz por la victoria del republicanismo ‘kemalista’ de la Turquía moderna, fuertemente centralizada y convencida en sepultar para siempre el problema kurdo.
Durante décadas reprimida este deseo de independencia, los kurdos repartidos en Turquía, Irak, Irán, Siria, Armenia y la diáspora en Europa decidieron impulsar la cuestión kurda tanto e incluso como al mismo tiempo lo hicieron los palestinos, quizás éstos con más eficaz apoyo político y mediático. Ha habido una guerrilla y un terrorismo kurdo en Turquía e Irak, principalmente, pero la vía de la violencia pudo ser concebida, obviamente, como el único método para que el mundo se diera cuenta de este problema.
Hoy, existe una especie de Kurdistán independiente de facto al Norte de Irak, con enormes riquezas petroleras e hidráulicas que le haría viable como entidad soberana. Esto obviamente crea problemas para países tan disímiles como Turquía, Irak, Siria e Irán, que albergan grandes comunidades kurdas, especialmente sensibles en el caso turco. Un eventual Kurdistán independiente no sólo modificaría (de nuevo) el mapa geopolítico de Oriente Próximo sino que podría provocar un conflicto aún mayor.
Desde lejos, a EE UU y su sempiterno aliado regional, Israel, les interesaría un Kurdistán independiente que debilitara a poderes regionales como Turquía e Irán, así como acabara con el régimen de Bashar al Asad en Siria y que certificaría la desaparición territorial de Irak, prolongando el protectorado occidental hacia la riqueza petrolera del Kurdistán iraquí. Pero apoyar tácitamente un Kurdistán independiente provocaría mayores problemas para otro aliado occidental en la región, como es el caso turco, un aliado imprescindible por ser miembro de la OTAN, por ser el principal actor regional contra el régimen de Bashar y porque, de alguna forma, sirve como eje de contención hacia Irán, a pesar de que la diplomacia turca ha venido distanciándose de sus aliados occidentales en los últimos años.
Todos estos elementos constituyen una breve introducción sobre las potencialidades geopolíticas y conflictivas de un Kurdistán independiente. No sabemos si los propios kurdos, divididos igualmente en clanes familiares, movimientos y partidos políticos y hasta grupos armados, lograrán definir y labrar, esta vez sí, su propio futuro y sus legítimos sueños soberanistas. Pero el mapa actual, de alguna u otra forma, también dictamina que más bien el futuro de los kurdos parece manejarse en otras latitudes, ajenos a sus deseos y aspiraciones.

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