Opinión

Ramas de olivo

Rafael del Naranco | 02 de diciembre de 2013

Al vaivén del pequeño pesquero cuya ruta nos llevaba a Kalamos sobre el embravecido mar del archipiélago Jónico, declamábamos de memoria, al compás de las olas espumosas, los lamentos del joven Darley en el ‘Cuarteto de Alejandría’.
Poseíamos la sensación de que en cualquier momento llegaríamos al caladero de esa isla y seríamos perdonados de los pecados mundanos en las callejas y burdeles de la ciudad alejandrina. Las palabras de Darley seguían punzando el alma aletargada.
“¡He tenido que venir tan lejos para comprender todo! En esa desolada noche de las tinieblas, lejos del polvo calcinado de aquellas tardes de verano, veo al fin que ninguno de nosotros puede ser juzgado por lo ocurrido entonces. La ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio”.
Era en parte nuestra misma historia. Dejamos primero la tierra de nuestra “nacencia”; después, otros pueblos. Bajamos a Nápoles y los últimos inviernos estuvimos en casa de una ceramista en Argostoli, Cefalonia, la mayor de las islas Jónicas. Los puentes y los arcos nos hablaban de una vieja urbe esplendorosa.
Cuando hacía buen tiempo acudíamos a la playa de Platis Yalos o, en las noches de luna llena a las fosas de Lasí. Un fenómeno geológico. Las aguas del mar penetran tierra adentro y desaparecen en las profundidades a través de extrañas hendiduras. Los lugareños dicen que aguas salen al otro lado de la isla, en Karavomillos, y en ellas parejas de enamorados se han perdido para siempre.
De Cefalonia tengo recuerdos hermosos. Sobre la aguerrida fortaleza de Asos se divisa un mar lleno de luz y color. Los atardeceres, mirando al golfo de Mirtos con sus playas de arena blanca, se quedan colgados en la mirada. La abandonamos con la sensación de ser unos fugitivos.
En Paxos vivimos una primavera. La isla más pequeña está alfombrada de viñas. El vino contiene sabor a miel. Durante esos días deambulábamos; andando, iba de Dendiatika a Laka. Aquí, en una casita coloreada de añil residían Julius y Ana, los eslavos llegados hacía años al encuentro del sosiego interior. A la sombra de los pinos levantaron un taller y esculpían rostros de niños y ramas de olivo.
Julius cantaba melodías populares y Ana lo acompañaba con una vieja vihuela. Aprendieron poemas de la isla; uno de ellos habla de la “hora del último sol” y como la amada se postergaba siempre en los pliegues de las querencias anheladas.
Ahora cada palabra recobrada es recuerdo agridulce y meloso.
Desde la ciudad del Turia, quiero enviar mis mejores deseos a todos los españoles y venezolanos que cohabitan en Venezuela, esperando que pasen una Felices Fiestas en compañía de sus seres queridos, y que el 2104 les depare lo mejor.

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