Opinión

‘Na Guará’, murió Fidel

Rafael del Naranco | 05 de diciembre de 2016

Esa fantasmagórica tragedia llamada Cuba lleva años hundiéndose en el “mar de la felicidad”, y la marchita una brisa cruzada sobre el malecón resquebrajado de La Habana.
La isla no es un dolor, es la pena misma convertida en malaventura, pan rancio y el ron con sabor agrio.
Nicolás Guillén Batista, el bembón de piel carbonífera, versos marcados en compases de sóngoro y hablando “inglé”, lo marcó con tiza de palmera carbonizada: “¡Ay Cuba, si te dijera, yo que te conozco tanto bajo tu risa ligera!”.
Si levantara la cabeza el poeta de “no sé por qué piensas tú”, tras matar, con la ayuda de José Ramón Cantaliso, la serpiente atravesada, hubiera leído la noticia de la muerte de Fidel Castro Ruz con palabras del trópico en doliente ceremonia yoruba.
Raúl Castro Ruz anunció el fallecimiento de su hermano sin decir que tanto nadar durante 50 años, para morir en la orilla del capitalismo “felón y sórdido” que llamaba Fidel.
Hace la friolera de medio siglo, cuando un utópico encabritado personaje entró en la ciudad de las amplias avenidas, palacios renacentistas del “art nouveau” europeo y una selva de columnas “en la que todos los estilos aparecen representados, conjugados o mestizados hasta el infinito”, en palabras de Alejo Carpentier Valmont, la metrópoli habanera se cristalizó en una litografía alicaída y anticuada, reflejo de la más lúgubre expresión. 
La Habana es una urbe arquitectónicamente convertida en momia bajo la mirada quejumbrosa del Faro erguido en el Morro. Su gente canturrea, gimotea, susurra y sigue las predicciones jamás cumplidas de sus babalaos a las puertas de las desvencijadas viviendas, con el mismo garbo e impavidez que sale con una bolsa de plástico a buscar algo de comer por esas calles del buen dios marxista, que agarrota el anhelo hasta el cansancio, al ritmo esclavista de “Patria, socialismo o muerte”. ¡“Na’ Guará”!
Fidel está ido, se fue peleando con sus fantasmas que le escarbaban las entrañas. A la par, Raúl glosó de manera pérfida: “Lo único que no podrán decir de nosotros es que robamos o traicionamos”.
¿Y qué pueden celebrar los cubanos hoy ante la muerte de Fidel Castro Ruz? ¿El adiós de un demagogo empedernido o el de la cartilla de racionamiento? En el balance relucen algunos logros, pero ninguno de ellos, por magno que parezca en las voces de los panegíricos del régimen dentro y fuera de la isla, podrá demostrar la existencia del más mínimo resquicio de democracia, aún con todo el esfuerzo que hizo el presidente americano, Barack Hussein Obama. 
La revolución traicionó y cambió desde el primer día democracia por comunismo. Ahora intentan olvidar por el camino empedrado de la sangre cuajada, las mazmorras miserables y las sonrisas congeladas, como si todo lo sucedido hubiera sido una equivocación. 
A Fidel Castro Ruz le está esperando el horrible Olokum, el amo de las profundidades, al que no se puede ver sin morir. 
“La historia me absolverá”, dijo, como si durante tantos años de ignominia, aquélla hubiera sido ciega, muda y sorda.

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