Opinión

Imagen: una caduca postal

Rafael del Naranco | 10 de octubre de 2016

Los refugiados que por miles cruzan barrancos y mares de Europa, siguen formando la desidia primaria de la humanidad con sus crueldades, miedos y horizontes brumos, al ser esa imagen la perenne postal que refleja la indiferencia y todo desprecio hacia el otro ser, el mismo que siendo igual a cada uno de nosotros, lo miramos con animadversión.
A partir de los albores de la vida nada ha cambiado. Los hombres y mujeres de hoy nos cuesta mirar a los que padecen guerras, hambres y exilios, temiendo nos quiten el pan de cada día.
¿Y uno mismo que hace? Poco o muy poco, creyendo que con escribir unas líneas a favor de los oprimidos hemos calmado nuestra conciencia. Esa es la razón –lo confieso– de que nuestras cuartillas terminen siendo un mal manual de literario. Hoy será, y disculpe si puede lector, lo mismo. 
Esta primera semana de octubre hemos realizado una revisión de nuestros escritores de cabecera más cercanos y también más afines a los sentimientos que nos envuelven, llevando al sofá de nuestras duermevelas al admirado egipcio Naguib Mahfuz.
El ilustre amigo de lecturas orientales, el Charles Dickens de los cafés de El Cairo, nos invitó a dar un paseo apenas levantadas las brumas del Nilo.
Pasar de una calle a otra, entre una suave brisa en desbandada, es cruzar la historia. Mahfuz lo dijo en sus relatos al ser la urbe polvorienta que él describió la de los viejos barrios de El Ghuriya, El Gamaliyya, o el del mercado de Khan el Khalili.
“El Cairo que yo amo –decía–, es el mismo de ‘Palacio del Deseo’ o ‘Entre dos Palacios’ –títulos de sus obras– que siguen existiendo hoy con distinto nombre. Son calles populares, repletas de vida y sus habitantes parecidos a los que están en mis páginas con sus grandezas y miserias humanas reducidas a las calles de esa ciudad”.
Uno de los encantos para recordar de ‘Al Qahira’ (El Cairo árabe), es en primavera cuando se percibe, al cruzar por sus caminitos, los perfumes de los naranjos, sicomoros, palmeras, limoneros, guayabos o flores de jazmín, los mismos olores cuyas esencias se pueden comprar en los bazares y mercados, con nombres sugestivos como ‘Noches del Desierto’ o ‘Sueños de Cleopatra’.
En la ciudad, mientras se saborea un ‘karkadé’ –bebida extraída de una planta servida en invierno caliente y en verano fría– uno se percata que los cairotas llegan a las cafeterías con el deseo de fumar en la particular pipa de agua (shisha).
Antes de llegar al Valle de Giza comienzan a emerger los espejismos enigmáticos: las pirámides. Bajo la luz tornasolada, un guía recordó el proverbio: “Todo el mundo teme al tiempo, pero éste únicamente a las pirámides”.
Uno se percata allí como un pueblo llegó a vencer el sentido de la muerte por encima de las tumbas y el siroco del desierto.
¿Y los refugiados? Continúan arrastrando sus pies entre los caminos de una Europa apática, o haciendo como uno: escribir unas líneas para calmar la cortedad de nuestra conciencia.

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