Opinión

Dolor macerado y herido

Rafael del Naranco | 13 de marzo de 2017

El andariego escuchó la historia en Tánger a finales de febrero. Venía de Fez, la más imperial de las ciudades de Marruecos cruzando campos de chumberas, roquedales y estrujados palmerales.
La narro tal como me la contaron en el histórico Hotel ‘Minzah’ en cuya pequeña biblioteca, aún están dos libros de ‘Cartas a Patricia’ que deposité allí hace algo más de 26 años.
Tras abandonar su pueblo en Nigeria –país de la sal–, cruzó, tras muchos días con sus noches, el perímetro fronterizo de la ciudad tangerina que aún cuida bajo su ‘Cielo Protector’, Paul Bowles, siendo el último obstáculo para acariciar el sueño de llegar a la vieja y próspera Europa.
No pudo lograrlo, naufragó intentando llegar al otro lado del estrecho en una chalupa a pocos metros de la costa árabe.
En medio de las sombras tiznadas –más que su piel mancillada de cansancio, el fuerte frío y el hambre–, fue sacada del mar con otros compatriotas. Ahí, en ese instante, la adolescente contempló que sus afanes de conseguir una existencia mejor para el hijo que protegía en sus entrañas se derrumbaban, y aun así hizo un juramento: No regresaría a los promontorios secos del Macizo de Ayr, lugar en el que todo es sequedad y la perspectiva de una vida mejor no existe.
En su aldea, una antigua balada habla de cómo la vida es arena, alza el vuelo y se hace nube.
En sus condiciones fue llevada al hospital y curada de las heridas de sus pies macerados. La enfermera la cubrió con un pijama y con el arropar tanta desventura. Del tálamo blanco pasó a un refugio. Tenía miedo, sudaba, y lo que la muchacha y el feto que gestaba en su cuerpo se dijeron en esas horas, nadie lo sabe. A la mañana siguiente apareció igual a la flor del rocío, fría, muerta. 
Ahora, en sus sueños perpetuos llevada sobre el viento de tramontana, mistral, siroco y el sinuoso jazmín, cruzaría los aledaños donde no hay barreras, aduaneros ni pasaporte, y todo en su mirada sería de un azul envuelto en poesía, sémola y miel. Los dones que da el Profeta a las vírgenes. 
En el cielo, un céfiro caliente venido de las estribaciones lejanas de la Cordillera del Atlas, borró de un manotazo los rebaños de nubes, y una brisa ondulante elevada del suelo se la llevó en procesión como si de una hurís se tratara, el espíritu de esa niña / mujer cuya ansiedad de llegar a la tierra donde el maná aflora, la leche es abundante y los seres son altos y rubios como los dioses, se hizo bruma, soledad, misterio... quimera.
Hace tiempo, tanto que puedo contar las rugosidades de mi piel macerada, decía en un cuadernillo pequeño, hoy sin duda perdido o vuelto polvo de olvido, que yo también he sido hombre sin tierra. Mi espacio interior, el de los terruños recónditos, el forjado con lágrimas, ya no existe. Toda la soledad trashumante se puede tocar, convertirla en carcoma y arrojarla a la brisa. Esa es la razón de comprender bien ese drama quejumbroso.
La joven ya no manoseará con sus manos el agua del Mediterráneo; su cuerpo se volvió lucero, estrella del sur, canción de cuna que nos recuerda a las ‘Nanas de la cebolla’ de Miguel Hernández Gilabert: “Hambre y cebolla: / hielo negro y escarcha / grande y redonda”. 
Mi amigo Ayham, cuyo significado es “hombre valiente y con bravura”, tenía los ojos, cuando contaba aquel desespero, empapados de calina. Conoce bien esas aguas del estrecho. No saben a salitre, resuman a borbotones sangre de emigrantes.

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