Opinión

Campanillas y bejucos

Rafael del Naranco | 21 de noviembre de 2016

Sucede cada vez con más frecuencia cuando la escritura se hace calina en el espíritu como si un soplo de aire se posara entre las comisuras de la piel resecada.
Hoy estas líneas son para ti mujer surgida del céfiro y están formadas con un manojo de albahaca y perejil. Es nuestro secreto. El bulevar marino pintado de azul y cal blanca es fiel guardián de esas palabras que irán revoloteando hacia los promontorios del mar cercano.
Voy despacio a tu lado, con temor de que el tiempo nos entretenga y nos haga escuchar nuevamente la canción de los alfóncigos en flor. Todo en ti es substancia, hasta tu raudal desenvoltura, y esa cabecita de azabache huele a heno y tomillo. ¡Qué bella estás con esos dos huequecillos formados al final de los pómulos rosados! Hueles a lavanda, hojas de albahaca, melisa, menta, laurel... frutos de la tierra consentida, mis hierbas más secretas.
Llegamos a la habitación de nuestras cuitas, besos y ensueños, ahora coloreada de amarillo –tono ambarino de claridad reluciente–, y todo es como si la luz extendida entre los matices de los cuadros, los libros, las plantas y hasta los platos repujados traídos de muchos viajes y colgados en las paredes, tuvieran un reluciente esplendor propio. Nos hablan de un tiempo ido que ya no volverá. Se cansó de tantos esfuerzos padecidos.
Estoy leyendo ‘Tristano muere’ de Antonio Tabucchi. El escritor italiano tenía obsesión de los ocres y azules de Toscana. Él asumía esos matices fuertes más cerca de su espíritu, yo únicamente a cuenta de retazos perdidos. Uno sueña con tierras que conoce poco, y en ese proceso el desliz es igualmente del toscano Curzio Malaparte.
Algunas veces nos hemos dicho, como Tristano, que no hay que leer ni escribir.
Desencajona demasiado el alma. Nos roba los anhelos, toda querencia y nos retuerce hasta la propia sangre cuajada. Los escritores inventan demasiado, son dubitativos, no reflejan la realidad de nuestra presencia doliente. ¿Quién puede expresar con palabras la amargura del sufrimiento o la soledad agazapada en la mirada?
A Tristano le sobraba razón intuitiva que la lucha clandestina en la guerrilla le ha ido usurpando sin clemencia, y no debido a sus certezas reales soportadas sin misericordia a razón de saber la realidad que lo rodea, sino porque la muerte cercana, su gangrena en la pierna ya carcomida, le hace escarbar dentro de sus propias entrañas… “de la vida es más lo que no recordamos que lo que recordamos”… Puede ser una sentencia fallida, y aún así encierra una certidumbre casi mística encerrada en ecos lejanos de la vida de ahora mismo o de otras que fueron, aún nos rodean y nada nos dicen. Prefieren abandonarnos a nuestra incertidumbre. Nos dejan solos. Siempre. No intervienen, y eso hace que el recuerdo de las aflicciones nos disminuya, nos delaten y hagan que nuestro propio dolor se apiade de nosotros mismos. Tarea infame, terrible. 
La muchacha de esta quimera nada sabe y ello es caritativo. Un día, siguiendo los senderos bifurcados de Tristano, será olvido, se tornará albahaca, perejil para nuestros labios.

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