Opinión

Vieja promesa

Rafael del Naranco | 17 de septiembre de 2012

Hemos encallado a mediados de la semana en la ribera valenciana del Mediterráneo. Llevo en las manos un libro de querencias para enterrarlo en la arena bajo los pinos de la Albufera. Encierra el acto una vieja promesa. Se lo había ofrendado a la muchacha años atrás, cuando los horizontes finalizaban en sus ojos enormes, brunos, y era toda ella un viento juguetón y arremolinado en mi existencia
Hace algunos otoños, al caminar a mi lado con paso de gorrión me hablaba de sus ansias de viajar. Tomaba mi mano y musitaba: “Si debo deshacer senderos zigzagueados, que sea contigo”.
No pudo ser. Los años, certeros, nos hicieron un ovillo de sensaciones vagas. Quedamos, como un roquedal, varados en la trocha. Un día, marcada por la lividez del claro de luna, se alejó cual la bruma, de la misma forma que las sombras y... hasta el instante de hoy.
Al principio alguna esquela, dos o tres postales; después, el silencio de la ausencia irremediable. Si ahora nos viéramos seríamos extraños el uno para el otro. El tiempo es una losa demasiado pesada para levantarla cuando uno ha cruzado ya el epicentro de la existencia, y por doler, como expresó el poeta de Orihuela, nos duele hasta el aliento.
Vivir es cuesta empinada, pero si a nuestro lado está la compañera de las cuitas recónditas, la amiga en la que hemos depositado cada una de las sensaciones concebidas, todo será más llevadero. El juglar de los enredos del alma, cuando pasaba bajo nuestra ventana, decía con sapiencia: “Jamás seas el primer amor de una mujer, sino el último”. Y tú lo fuiste.
La existencia es un cúmulo de eventos que ayudan a forjar la esencia humana. De todo lo que ha ido trascurriendo a nuestro lado nos queda, algunas veces, una brizna de aire, otras un escozor en el cuerpo; las más, hondas pesadumbres que el tiempo ayuda a disipar y solamente nos deja, muy caritativamente, nítidos y casi palpables, los momentos sensibles.
A ella le agradaba la playa. Como no la acompañaba, iba sola. Llegaba bien entrado el atardecer bruñido entre los pinares negros y las dunas de arena, brillando con los últimos reflujos de un sol cansino. Su piel parecida al cobre, tenía la mirada salpicada de sal y olía a tomillo y algas marinas.

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