Opinión

En el mes de mayo de 2010 se dio en la Isla de Albión una de las cualidades más fortalecientes de la política: el respeto del ganador y la nobleza del derrotado. A cinco años de esa actitud aún se recuerda como ejemplo de altura pública, y el cronista de estas líneas lo observa con sugestión a las pocas horas de las elecciones regionales en España.
El “arroz con mango” comienza en una marmita donde no van a poder englobar todos los menjunjes en ese descomunal puchero de campamento legionario.
Ese día primaveral la Isla de Albión cambió de primer ministro. Fue un hecho sencillo: saludo a la reina en el palacio de Buckingham del político saliente y del entrante, y dos cortos discursos de pulcritud democrática. Se podrán decir muchas cosas de la manera de hacer estrategia, pero Gordon Brown y David Cameron dieron una lección de honorabilidad admirable. Los grandes estadistas ingleses, al estilo de Disraeli y Churchill, no han muerto: siguen revoloteando frente al número 10 de la calle Downing Street.
No fue posible aislarse del hecho leyendo, viendo o escuchando en las primeras horas del lunes 25 del pasado mayo, los medios de comunicación españoles. En ellos hubo de todo menos la más exigua forma de respetar las diferencias entre los contrincantes en juego.
Unos de los slogan lanzados decía que la corrupción derrotó al partido mayoritario. ¡Ah!, con una salvedad: una agrupación valenciana habiendo realizado su campaña en la descomposición moral y los latrocinios a mano armada –Esquerra Unida–, no obtuvo ni un solo diputado. De Ripley.
Entre Brown y Cameron no existió ni un asomo de reproche, y cuando un cambio de gobierno, tenso en las últimas semanas, se hace con altura de miras, la nación vuelve a su tranquilidad, al saber que las diferencias abren vías y no restan nada a los nuevos desafíos políticos.
No tengo duda que gobernar en las comunidades españolas a partir de ahora no será un camino de flores de azahar y sí un atajo de espinos, trancazos, zancadillas, despotismo y, lo grave, se dirán auténticas barbaridades debido a la ignorancia de los flamantes políticos. Es sabido que una cosa es predicar y otra dar trigo.
Será un apoteósico acontecimiento observar a la nueva alcaldesa de Barcelona, señora Ada Colau, sacarle esparcimiento a los desahucios, dar vivienda a los sin techo, trabajo a los emigrantes y autorizar manifestaciones desmadradas.
Lo de Podemos es mejor hacer antesala, tomar asiento en el suelo en toda plaza de pueblo, con bocata y cerveza, y ver el sainete en directo. Si alguien desea conocer de buena tinta su ideología –incluidos cada uno de los pasmosos aturdimientos– simplemente necesita leerse los dictados del llamado ‘Socialismo del Siglo XXI’, el sacrosanto credo pagano del chavismo.
Creo necesario –más por mi propia serenidad púdica– retornar a dos políticos anglosajones, que aún separados en su concepción de gobernar, se unieron en lo más primordial: el respeto y consideración hacia el contrincante.
Lo dicho en aquellos días por Cameron lo archive entre los viejos papeles políticos y lo titulé: “Convivencia sin bajeza ante la crisis que tendrá que enfrentar”.
Enunció el británico: “Tenemos algunas dificultades profundas y apremiantes: un déficit enorme, problemas sociales, un sistema político que necesita reformas. Por esas razones, mi meta es formar una coalición plena y apropiada entre los Conservadores y los Liberales Demócratas”.
Y la segunda lección: “Nick Clegg y yo somos líderes que queremos dejar a un lado diferencias partidarias y trabajar duro por el bien común y en el interés nacional”.
Esas palabras –no tengo duda– de ningún modo serían oídas hoy viniendo de la boca de los nuevos reyezuelos de los villorrios, aldehuelas, pueblos y ciudades de la España del sequeral.
Aquella la alianza entre los moderados de Cameron y los ‘Lib Dems’ de Clegg fue el primer gobierno de coalición de Gran Bretaña desde la Segunda Guerra Mundial. Los dos adalides, jóvenes, no conocían la palabra rencor, no despreciaban a sus contrincantes, y fueron capaces de respetarse sin resentimientos.
Los hechos políticos deberían siempre ser depositados en la escudilla del diálogo. Sin esta cualidad, la humanidad –sus pueblos– se volverían mochos y secos.
A partir de ahora, ya cerrado el telón de las urnas, da comienzo la genuina palabra; veremos que obra de Esquilo se representa.
No existe –suponemos– una obra de teatro en España con el nombre de ‘Arroz con mango’. Que nadie lo tome a chirigota, pudiera haberla y tener un inmenso éxito.
Además, suponemos, ya sin el fatídico 21 por ciento del IVA. Los cómicos de la lengua se lo merecen. Sin hilarantes no hay vino, gazpacho y queridas. Los tubérculos, las hortalizas, el chusco y los arenques pueden esperar.
Es bien sabido, y en relámpagos como estos deben recordarse las palabras de Bismarck: “España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentando destruirse y no lo han conseguido”.
Paciencia, todo llega, ahora viene una oportunidad: se divisa en el horizonte la tormenta perfecta.

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