Opinión

Renglones negros

Rafael del Naranco | 26 de octubre de 2018

Escribir es una tarea colmada de recovecos, dudas, soledad y aprensiones. Algunos días las palabras salen alborozadas igual a vientos mañaneros, suaves, casi sin ruido, melosas y tiernas. Son las horas en que el espíritu se halla calmado de una dulzura interior difícil de situar en la casilla de las templanzas interiores, ahí donde se halla la siempre dubitativa imaginación. Otras parecen esconderse y son reacias a salir a la luminiscencia y enfrentarse con la cuartilla blanca.

Esos recovecos interiores los conocemos, moran en nosotros, son parte de la sangre que vaporea la imaginación y constituyen el siempre deseoso anhelo de narrar vivencias para no sentirnos olvidados dentro de nosotros mismos. Alguien dirá con fundamento que es toda la esencia de la vida morando en nosotros mismos. 

Garrapatear unas palabras, ir uniendo ideas, concreciones, dudas, algunos miedos y vacíos largos e interminables, es más o menos el andamiaje para hacer una columna en un periódico, por lo menos las que yo escribo.

Uno suele tener experiencia en ciertas cosas del cotidiano vivir, lo cual no significa conocimiento, pero en eso de hacer artículos, levantar un andamiaje con palabras en el espacio concreto de cuartilla y media, somos en cierta forma una especie de sabuesos callejeros de la palabra y el grito sin llegar por ello al título pomposo y grandilocuente de escritor a la vieja y rimbombante usanza.

Los columnistas son narradores tenaces de los hechos cotidianos, unos cronistas de las ideas más dispares, donde saber escribir, para conjugar las ideas y que éstas se amolden a un objetivo precioso y muy concreto –el espacio tiránico marcado por el editor del medio– es la madre coraje de esa creación.

Paul Johnson dice que, en tiempos de William Shakespeare, había bien datados caballeros escribiendo de forma regular sobre la vida de la capital y así informar periódicamente a la nobleza rural lo que sucedían en Londres. Pero se debió esperar al siglo dieciocho y ver llegar en todo su esplendor la columna tal como hoy la conocemos.

Hay algo dicho por Johnson digno de tener muy en cuenta. Afirma el autor de ‘Tiempos Modernos’: “Ningún columnista sobrevivirá mucho sin ser hasta cierto punto un hombre o una mujer de mundo”.

Y ahí parece hallarse la esencia de la cuestión. Se pueden tener sobrados conocimientos de las más diversas materias, ser un erudito de marca mayor, un ratón de biblioteca como vulgarmente se dice, un “cráneo”, vamos, pero si falta el tacto humano, el conocimiento cotidiano de esta tierra que pisoteamos cada día con sus grandes y pequeñas menudencias, nuestros escritos, ensayos o artículos, serán muy floridos, estarán abarrotados de sesudas y grandilocuentes citas, pero les faltará el lado humano, donde se encierra el duro y prolifero oficio de vivir.

Y es así es como hoy, nuevamente, hemos podido rellenar el espacio blanco del papel.

El lector y la lectora, siempre amigo, nos pondrá la mano en el hombro y nos dirá: “Enhorabuena, cumpliste un día más”.

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