Opinión

Palabras encendidas

Rafael del Naranco | 06 de noviembre de 2017

En nuestro ambular en tierras ahumadas de Galicia recorrimos un pequeño retazo del camino de los peregrinos y nos postramos, cual cristianos viejos y zarandeados, ante el Apóstol de Judea en la Catedral de Santiago de Compostela, ciudad de fábula y arcanos donde los haya sobre esa hereda de Rosalía de Castro, Castelao, Álvaro Cunqueiro, Valle Inclán y Camilo José Cela.

El olor a incienso esparcía el perenne olor a resina macerada a fuego lento en las fogatas levantadas al socaire de las ruinas de los antiguos castros en la Baja Edad Media, tiempo de purgatorio, peste, hambre y temor al Dios del Trueno, cuando Almanzor arrasó el vetusto y bendito Locus Santus Lecobi.

La urbe galaica es un foco de religiosidad manoseado con solo mirar las piedras de cantera al relente de los días grises, aguados e interminables, en el que el maestro Mateo y sus picapedreros venidos de Pontevedra, elevaban, como en el aire, el Pórtico de la Gloria (Pórtico da Groria).

Hace calina en la Plaza de Raxoi delante de la fachada del Obradoiro iluminada en la caída tarde por un sol mortecino color trigo. En la alforja no hay nácares ni en la mano el cayado del camino polvoriento: solamente libros para develar las noches en los albergues, y entre ellos uno de poemas cuyo contenido es una recopilación de ocho autores a quienes el azar y las circunstancias, los convirtieron en compañeros de viajes y derroteros.

De estos poetas, quienes más se acercan a nosotros mientras vamos haciendo o deshaciendo el Camino del Apóstol, es José Agustín Goytisolo, quien para los soñadores de mi generación, era semejante a una página colmada de huidas.

En los versos de ‘Autobiografía’, el bardo hizo el retrato al carbón de nuestros atormentados espíritus, y todos, sin excepción, hasta los incrédulos de la palabra, sollozamos alguna vez sobre esas estrofas.

El escritor, al sentir el viento y el turbión un día brumoso de tintes opacos, se fue en peregrinación, cual ahora el andariego lo hizo en hacia Santiago de Compostela, a la tumba de Antonio Machado en el Cementerio de Colliure.

En el camposanto cercano a los Pirineos franceses, frente al rostro de piedra del poeta, le habló: “Yo no he venido para llorar sobre tu muerte, sino que alzo mi vaso y brindo por tu claro camino y porque siga tu palabra encendida”.

El peregrino, apoltronado en la cafetería del Hostal de los Reyes Católicos esperando la noche con sus duendes y magas, regresó a su celda envuelta en fe cristiana y pidió a Santiago, hijo de Zebedeo, por las almas eternamente abandonadas en cada atajo de vida, mientras los bardos camino de Castilla que cruzaron Padrón, depositaban una flor en el huerto de la autora de ‘Follas Novas’. Cercana, en las orillas del río Sar, la niebla sedosa le decía adiós al caminante de la España trashumante.

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