Opinión

Al comienzo de un otoño boreal –era septiembre– igual a cobra pintada de estaño y barro, había lluvia, granizo, brisa rasa y tajante, mientras allá, más abajo donde comienza el Sur de la brújula, caía de muerte certera el poeta, aquel que cuando hablaba, decía poncho, aguas tempestuosas, mascarones vueltos espuma, maíz, piedra rasgada, gritos de Pacaembú y, con cada una de las sílabas amasadas sobre siglos desencajados, el gran bramido de ‘Canto general’ saltó de las entrañas y arrancó los surcos de un cíclope enardecido.

Ese amanecer Isla Negra chorreaba oscuridad brumosa en todos sus poros. Los peces y los mástiles, asustadizos ellos, se hundieron en el océano y la misma luz del alba no se atrevió a romper el horizonte color malva ni hacer callar al viento desmelenado.

Alguien –el propio sufrimiento desgarrado–, inclinado ante el cadáver del poeta de todos los abandonados, se abrió las venas y sombreó, sobre manto impoluto, un primerizo sonido: “...hay un mensaje escrito en las paredes / y el pueblo, sólo el pueblo, puede verlo”.

Se escondieron las gaviotas, y los primeros en palpar esas estrofas, vieron sobre firmamento el milagro de la escarcha hervida. En ese intervalo, los más viejos marinos del mar-océano supieron que el poeta de América se moría a la intemperie del salitre.

Pablo, el juglar, frente a aquellos acantilados del Pacífico, abrió las compuertas de toda la progresión de la bucólica ternura.

En su primera etapa –“nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”– cruzó el sendero sutil del romanticismo, y así, en ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ nos legó el libro que casi hunde toda la poesía amorosa europea, desde los romances anónimos del siglo XV, pasando sobre las febriles coplas de Jorge Manrique, Juan de Encina, Baltasar del Alcázar, Lope de Vega, hasta varar en las ‘Nanas de la cebolla’ o en las mismas faldas de aquella casada infiel que todos en algún momento, envuelta en polvo y sudor, nos hemos llevado al lupanar de los cañaverales del río.

Al pie de la tumba lo esperaba emblanquecida Gabriela Mistral, la “maestra pequeña y frágil”, cuya obra, de una sexualidad erótica arrebatadora y a su vez escondida, se levantaban frutos y exhalaciones. De ella –más que de nadie– Neruda bebió hasta el hastío. Era agua fresca para el jolgorio de su espíritu voluminoso y enardecido.

Ese día del adiós perpetuo, el viento de Isla Negra había huido a los promontorios, mientras entre Arica y Cabo de Hornos, las botas de la soldadesca pisaban el mosto de la libertad para hacer con él vino de sangre. En el Palacio de La Moneda ya estaba –negrura y turbación– sentado el autócrata.

Ahora –en este instante– hay algo certero sobre el recuerdo: cada cien años, cuando los dioses regresan a los serrallos de los hombres, el jardín de invierno se acrecienta, y sobre sus fluorescencias, hay rosas color malva y geranios reventones en los acantilados de Isla Negra. 

En ese indestructible soplo, el poeta recordó en un santiamén a su admirada Anna Ajmátova y exclamo iracundo un verso de ella: “Yo estaba siempre con mi pueblo / donde mi pueblo estuvo por desgracia”.

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