Opinión

Para no ser olvidado

Rafael del Naranco | 04 de abril de 2016

En la vida, al ser ella un carrusel que da vueltas sobre el tedio y el olvido, todo parece repetirse. En ciertos instantes hace trepidar el espíritu y lo abriga de un estremecimiento quebradizo y tierno. Es un signo de querencia: los dos –la existencia, siempre desprendida, y mis deseos de cohabitar– nos necesitamos. 
Más que vegetar, ante la disyuntiva humana de no tener obligaciones pautadas, y al estar varado y sin responsabilidad laborales, descanso en la orilla del Mediterráneo flanqueado de una caja de pastillas y polvos medicinales que controlan –o eso parece– los desarreglos del cuerpo. En medio, intento hacer largos paseos entre la playa de Malvarrosa y los pinos negros de El Saler en la Valencia del Cid, mientras las noches se amodorran esperando la alborada, cuyos primeros rayos de luz platean los arrozales. 
Ya sentado en el balcón cercano rosaleda, aparto el libro que estoy leyendo, ‘La grieta’, de Doris Lessing, y le llegan a la memoria evocaciones agridulces de otra ciudad más al norte, Belgrado.
Era una mañana anunciando lluvia. Las nubes creaban cúmulos grises. Los tilos alicaídos, el arce con sus anchas hojas parecía hacerles sombras a los castaños que franqueaban el bulevar. Entre los aleros algunos mirlos. Los pausados tranvías, con ese ruido traqueado tan propio, iban y venían en una ciudad entumecida, y lo hacían con el paso cansino del hierro viejo. 
La contemplé ensimismada sentada en un banco. Vestía un sencillo conjunto de raso azul y sus hombros los cubría una chaquetilla de lana hecha a mano, de esas que las ancianas venidas de los pueblecitos de las llanuras del Sava, tejían permanentemente a la entrada de la fortaleza en el Parque de Kalemegdan.
Estaba linda. El rostro transparente. Sus ojos los mismos de antaño: gozosos, de un verde marino. El apesadumbrado era uno. Regresaba a una ciudad todo recuerdo, ahora esparcido entre las comisuras del aliento. Ninguno de los dos éramos los mismos y sabíamos que ese encuentro sería el último. Y lo fue. Creo haberlo narrado en otra ocasión, pero hay evocaciones que, como la brisa en las noches macilentas, regresan siempre a hurgar en el pasado. 
Esa muchacha igual a cántaro de agua para apagar bocas con deseo, llamada Vera –el nombre más tierno en lengua eslava– penetraba en el claroscuro de mis ternuras, esas que si aun se rozan, hieren.
Nos sentamos en la cantina de la estación a intentar reconfortarnos. Como en otras ocasiones, licor de guindas para los dos. Las despedidas dejan escozor en las membranas, besos furtivos y palabras entrecortadas.
Es frecuente en las iglesias ortodoxas eslavas que los creyentes, con los dedos, palpen una y otra vez los ojos de los santos; la creencia confirma la buena suerte allí donde la querencia se guarnece esperando que regrese el amor anhelado de la mano de San Saba y San Cirilo.
Acerqué mis dedos a Vera y rocé sus ojos: “Para que no me olvides”. Ella hizo lo mismo con los míos humedecidos.
Era la hora de la partida. El tren iba a salir. Con ese adiós dejaba una ciudad, un país y una exaltación henchida de pasión. 
Lo supe de inmediato y fue presente durante todo el largo regreso llevando en la mano un ramo de flores blancas, lilas, violetas y malvas.
Años antes había hecho otro retorno a la playa valenciana de Malvarrosa soñado con una nueva Samarkanda-Vera recubierta de sedas.

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