Opinión

Historia perenne

Rafael del Naranco | 09 de septiembre de 2013

Cierto vademécum dedicado a los lances de Alejandro Magno nos ciñe en miasmas frescas, meladas y aceitunas verdes, al ser aflicción colmada de antiguas reminiscencias.
La autora del prontuario alejandrino, Freyk Stara, al seguir los pasos del hombre que en su tiempo fue el mejor amante posible, dice con melancolía enardecida al atestiguar los lugares transitados por el hijo de Filippo II, el de los Argéadas: “Los lugares que visité eran los mismos donde habían hecho alto los macedonios, y el paisaje, la misma urdimbre del raído tapiz del mundo”.
Arriano, en otro alegato, recalca esa impresión al ser parte de sus calendas y sentir, en el lejano Parnaso, el penetrante ardor del mar Jónico contiguo al Mediterráneo.
A tal razón, la sapiencia no le falta a Lawrence Durrell en el ‘Cuarteto de Alejandría’, y así, en ‘Baltasar’, expresa: “El Mediterráneo es de una pequeñez absurda; por la duración y la grandiosidad de su historia lo soñamos más grande de lo que es”.
Dice a su vez Robert D. Kaplan cómo el arzobispo Mijaíl, bajo la mirada del Pantocrátor cuya imagen severa adorna la cúpula de muchas iglesias ortodoxas en Macedonia, le dijo: “Nací en Shtip, durante la esclavitud turca. Mi padre fue alumno de Gotse Delchev. Soy un macedonio de pura cepa. Sé lo que soy. Soy un pequeño gorrión, no soy búlgaro, ni un águila de Serbia”.
El mitrado ortodoxo recordaría tal vez, el sistema de unión entre Grecia, Serbia y Rumania contra Bulgaria y los eslavos de Macedonia.
“Es verdad, por nuestra sangre corre algo de Alejandro Magno. Hemos sido crucificados, como Jesús, en la cruz de la política balcánica... Eso que está usted bebiendo no es café turco ni griego, es café macedonio...”.
Los Balcanes son fuego sin consumir: del alfabeto cirílico trazado entre Cerilio y Metodio en el siglo IX para traducir la Biblia del griego al eslavo, se pasa al monasterio de Grachanitsa en Kosovo, y de éste al noviciado de Ohrid en Macedonia. Todo es una larga historia.
Lo que parecía unidad se derrumbó a finales del siglo XX en una catástrofe de hechos, ruinas, olvidos y muertes aciagas. Siempre la Parca en los yermos campos de mirlos.
Explicaba Jorge Luís Borges que los personajes de Kafka sólo pueden esperar la derrota. “Somos tan pobres de valor y de fe que ya el happy-ending no es otra cosa que un halago. No podemos creer en el cielo, pero si en el infierno”.
Los vientos septentrionales en la vida de Alejandro le fueron propicios; los meridionales, traicioneros. En medio, limo limpiando la piel del macedonio en un intento de no olvidar el amado río Aliakmon.

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