Opinión

Hablemos de libertad

Rafael del Naranco | 24 de abril de 2017

La verdadera historia es la historia de la libertad, y la frase, al decir de Benedetto Croce, no es para asignar a las páginas de la tradición el tema de verse formada a cuenta de una liberación que antes no existía y algún día habría de ser, sino para aseverarla como forjadora imperecedera de la razón de vivir.
Se nos recuerda en gobiernos totalitarios o en camino de serlo, sobre la libertad de la que presuntamente gozamos. “Te dejamos escribir, ¿no es suficiente?”. Innegable cuando la fuerza lo dice, no obstante opinar es un derecho inalienable de mi condición humana. El hombre es libre a razón de ser hombre. 
Si la prensa, radio o televisión es amordazada, despidámonos del libre albedrío, ya que siempre el mandón de turno tendrá razones sobradas para restringir un medio de comunicación. Nadie debería dudarlo: la crítica le produce jaqueca al poder.
En las páginas ‘La libertad, solo camino’, Alexis de Toqueville, recalca que la democracia y el socialismo sólo tienen una parcela en común: la igualdad, con una diferencia, la primera busca la equivalencia en la libertad y el socialismo la quiere en la privación y en la servidumbre… “pienso que yo habría amado la libertad en todos los tiempos; pero me siento inclinado a adorarla en la época en que vivimos”, escribió el francés.
Y el temible Maximilien Robespierre, al que temía y a la vez adulaba Joseph Fouché, gritaba: “Huid de la antigua manía de querer gobernar demasiado; dejad a los municipios el derecho de organizar sus propios asuntos, en una palabra, devolved a la libertad de los individuos todo lo que se les ha arrebatado ilegítimamente”.
Tomado de ‘On liberty’: “…Los déspotas tampoco niegan que la libertad sea excelente; sólo que no la quieren más que para sí, y sostienen que todos los demás son indignos de disfrutarla”.
Corría el final del siglo XIX, faltando algunos años para encontrarnos con las páginas de ‘Extraterritorial’, a cuyo autor, George Steiner, uno lo recuerda entre las notas biográficas escritas en el ‘New Yorker’, la revista que dirigía William Shawn, e igualmente en el discurso pronunciado al recibir el ‘Premio Príncipe de Asturias’ en Comunicaciones y Humanidades 2001. De él recordamos una frase pronunciada en el Teatro Campoamor de Oviedo, al recibir el importante galardón: “Bajo las circunstancias actuales, quiero decir que algunos problemas son más grandes que nuestros cerebros. Eso puede ser una preocupación, pero también es una fuente de esperanza”.
Aquel tiempo de esperanzas –que lo hubo– trajo un embarazo moral, la expansión de la conciencia. No era nueva la luz alargada sobre los muros: respeto a los ciudadanos y la certeza de ser portadores de valores inconmensurables enraizados sobre en el libre albedrío. 
Años después llegaría la barbarie sobre una cruz esvástica y el horror inundaría el horizonte de la supervivencia.
En palabras directas lo expresó Alejandro Solyenitsin al escuchar los ladridos de un perro atado a un árbol y convertidos en palabras: “No necesito yo tus huesos… dame solamente la libertad”. 

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