Opinión

Felipe VI

Rafael del Naranco | 16 de junio de 2014

La abdicación del rey Juan Carlos I y la llegada al trono de su hijo Felipe VI es un tema que llenó las páginas de los periódicos, radios y televisiones durante varias semanas y lo seguirá haciendo en las próximas, una vez el nuevo monarca comience su propia y solitaria andadura.
Soy un españolito de a pie convencido de que la monarquía actual hizo un invalorable servicio al país en sus 39 años de permanencia en el trono. Ante esa realidad incuestionable: honor a quien honor merece.
Ahora llega la cosecha del heredero, y a sabiendas de poseer el Príncipe de Asturias experiencias y conocimientos ya demostrados, la actual realidad del país, hincado en dificultades sociales, económicas y políticas, le obligará a una prudencia dialogante al momento de mantener erguido su papel de garante de la Constitución. En esa labor estarán puestas las esperanzas de la nación.
No hemos repetido lo normalmente expresado en la mayoría de los cambios monárquicos: “El Rey ha muerto: ¡Viva el Rey!”, y al no ser así, don Juan Carlos será un apoyo invalorable al servicio de Felipe VI.
Soy español de quehacer diario igual que millones de compatriotas. Con frecuencia idealista y en ocasiones gañán. No haría falta decir que a la par estoy cimentado de los mismos pedruscos que las catedrales góticas, los patios andaluces, los colmados extremeños y los ‘chigres’ asturianos.
Al haber sido emigrante durante 40 años, dicha expatriación enriquecedora me hizo ver los surcos ibéricos desde la perspectiva de lo lejano, lo brumoso, lo casi inalcanzable, y cuando de tarde en tarde venía a los terruños de mis mayores, al encuentro de los acantilados del Cantábrico astur donde aún perdura, entre espadañas y maíz mojado, la vivencia de una niñez, nos dábamos cuenta de que la tierra materna iba creciendo y fermentando como la espumosa sidra.
En esa España del siglo XVIII que con la dinastía de la Casa de Austria en la figura de Felipe de Anjou, daba paso a los Borbones, ya se empezaba a departir en las cortes europeas de un reino en donde se construía “el mejor de los mundos posibles”.
Ese anhelo duró poco. Con todo, España, a partir de ese tiempo, abrió con cuentagotas las puertas de su mundo cerrado, oscuro, taimado, a los avances modernos. El siglo XIX llegó aún con la idea de viejo orden feudal. Largo y penoso fue el camino de Carlos IV y Fernando VII con pérdida de los dominios americanos, cambio dinástico, guerras civiles. El ruedo ibérico se convirtió en una tómbola y retrocedió en plena era contemporánea, cuando el resto de las naciones europeas habían realizado cambios trascendentales.
La dictadura franquista nos marcó, pero aún así, España era demasiado espaciosa, y solamente hizo falta un abrir de puertas y ventanas para que penetrara el impulso que nos convirtió en europeos con billete de vagón de primera.
La monarquía de Juan Carlos I forjó y alentó ese canto de libertades y progreso. Agradecer la buena labranza es de aradores honrados. La dimisión no es una renuncia, representa un valor, y con él la llegada de sangre nueva, anhelos nítidos y expectativas crecientes.
Ante la España y lo español de ahora mismo, los versos de Eugenio de Nora nos dan sustento: “Yo no canto la historia que bosteza en los libros, / ni la gloria que arrastra las sombras de la muerte. / ¡España está en nosotros…!”.

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