Opinión

Dostoievski, el jugador

Rafael del Naranco | 16 de noviembre de 2015

Veníamos leyendo en estas noches pasadas las páginas de un texto titulado ‘Verano en Baden-Baden’. El autor nos era desconocido. Solamente escribió ese manojo de cuartillas y no las vio publicadas. El argumento transcurre en dos planos diferentes.
Esta corta croniquilla arranca en 1867 y recrea el viaje que Dostoievski y su joven esposa Ana Grigorievna, hicieron a distintas capitales europeas durante cuatro tormentosos años de “enfermedad, pobreza, juego y lucha contra sus propios fantasmas”; el otro segmento recoge el viaje del propio autor de la obra –Leonid Tsypkin– de Moscú a un Leningrado aún lastimado a consecuencia de los horrores de la II Guerra Mundial, intentando con efervescente deseo reconstruir las huellas del autor de ‘Crimen y Castigo’.
Un prólogo de la admirable Susan Sontag, se envuelve en una maestría portentosa. Ella supo hasta su muerte ondular las ideas y macerar con vigor las frases, y así, intentando ser –no lo consigue– el nigromante bueno de la lámpara que todos alguna veces desearíamos frotar, hace de ‘Un verano en Baden- Baden’ una joya literaria.
Leer ese introito es viajar con Dostoievski, sobrellevar sus sufrimientos, sentir las penurias, celos, remordimientos, furias, desastadas y… aislamientos.
Uno no es una isla; sabemos, a manera del clérigo inglés John Donne, que cuando repiquetean las campanas a muerto –y ese tañir se mantiene de forma cristiana en algunas ciudades y en la mayoría de pueblos de Europa– su reverberación nos disminuye interiormente al estar ligados los sonidos a vasos comunicantes invisibles, y aún así certeros dentro del aliento quejumbroso de todo ser sensible a las embestidas que dan las aflicciones.
Los versos perdurables de Donne deberían ser recordarse y siseados en nuestro interior en los instantes de penurias profundas: “Nunca hagas preguntas por quién doblan las campanas: doblan por ti, por cada uno de nosotros”. 
Al presente, tras leer los pasos de Fiódor Mijailovich Dostoievski y su resignada esposa Ana Grigorievna, acaecido durante un veranillo en la localidad alemana de Baden-Baden, observamos al maestro ruso mirar con ojos férvidos el tapete rojo de una mesa de juego, mientras el retumbo de una campana fúnebre cercana lo apesadumbra hasta a obligarle a colocar las manos en la cabeza con fuerza.
En esos días con sus noches interminables, gastando en el juego, que le consumía, todo el dinero que apenas tenía para comer y solventar el hotel, mientras hervía de fiebre sin poder abandonar el tugurio al estar trabado como una farola en el cemento de una calle.
Ana, su joven y anegada esposa, se pasaba las noches llorando, esperando su llegada, y Dostoievski pasaban tiempo sin venir. Ante le había entregado hasta el último rublo que desde Moscú su editor le remitiera.
El gran Fiódor, novelista venerado piadosamente como un santo en cada rincón de las tierras de la madrecita Rusia. Con una mente privilegiada, apenas ya rasgueaba pliegos con cuentos y novelas memorables que se convertirían en historias universales. Se hallaba uncido a unas tintineantes fichas coloreadas y las estoicas cartas de póquer en el lóbrego casino que le consumía el alma.
El cielo protector y los rezos de Ana lo alivió del juego, no de los demonios adheridos a sus entrañas, que allí quedaron agazapados. En penitencia debió hacer dos acciones hasta el final de su existencia: escribiría sin cesar delante de un icono con un Cristo cuya piel la habían recubierto de fístulas.
No es una historia apesadumbrada. Fiódor jugó los naipes de su vida y ganó. 

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