Opinión

El don

Rafael del Naranco | 24 de marzo de 2014

Gabriel García Márquez (Gabo) ya está sobre la raya en que Camilo José Cela, en ‘Mazurca para dos muertos’, dividía las cosas que a cierta edad se volvían borrosas, siendo así que el propio autor de ‘Doce cuentos peregrinos’ colocó esos años en el tiempo en que el hombre es olvidado de Dios al estar Jehová enredado “en cosas mucho más grandiosas”.
En Bahía de Todos los Santos, Brasil, donde germinó el realismo mágico de la literatura iberoamericana, el sumo sacerdote de esa religión de árboles creciendo en el aire y mujeres pariendo entre hojarascas de plátano, Jorge Amado, con el pelo blanco y la comisura de unbabalao, decía, entre taza de café boca abajo, velas retorcidas, tabaco negro bañado en ron, que si un escritor nace sin el “don” de nada valdrá esforzarse.
Un día de tantos alguien preguntó el hijo del cartero de Aracataca: -¿Hasta qué punto se siente usted portador del arte de narrar?
García Márquez fue palmario: -Si no fuera consciente de eso, sería un inconsciente total. Porque los lectores han terminado por convencerme de que lo que yo escribo les gusta, e incluso a nivel personal.
En medio mundo y algo más, el gran libro del colombiano es ‘Cien años de Soledad’; para mí, ‘El amor en los tiempos del cólera’. Este último es la continuación del primero por otros vericuetos. Guarda el sabor de la innata literatura. Allí, en sus páginas, los personajes tienen, si eso cabe, mucha más vida propia que los de Macondo.
El río Magdalena, en cuyos ribazos Simón Bolívar encontró su propio laberinto y cuyas aguas suben y bajan a la vez, Gabriel García Márquez clavó un amor como ningún coronel Aureliano Buendía, con mil años que viviera, podría superar. Era tan humano, que uno, como lector, lo tocaba y salía con la mano cubierta de un sudor calenturiento.
Se sigue comentando con frecuencia que el colombiano es fruto de William Faulkner. Es posible. Uno es un poco de todo lo que en la vida le ha precedido, bueno, malo o regular.
Nadie es una isla en sí mismo, no obstante en la magia de la palabra, el posible alumno aventajó con creces al maestro, aunque sí hay algo que el escribidor latino aprendió de Faulkner: la técnica de crear y ser así un buen novelista. No es complicada la fórmula, ni siquiera inédita: “Noventa y nueve por ciento de talento... Noventa y nueve por ciento de disciplina... noventa y nueve por ciento de trabajo”.
En ‘Los funerales de Mamá Grande’, Gabo aprendió a pies juntillas del norteamericano y que en el prólogo de ‘Doce cuentos peregrinos’ cuando intenta justificar porqué doce, porqué cuentos y porqué peregrinos, se nota en demasía.
En este aspecto ignoro hasta qué punto García Márquez realizó sacrificios hasta llegar a ser el escritor de hoy.
El “don” del que hablaba Jorge Amado, estaba allí, como una luz deslumbradora.

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