Opinión

Un día dedicado al perdón

Rafael del Naranco | 08 de febrero de 2016

Solía ir a Israel con alguna frecuencia, aunque en los cuatro últimos años no he viajado a secuela de los continuos enfrentamientos callejeros entre judíos y palestinos.

Siempre al estar en esa tierra mil veces santa rumiando sensaciones o mirando con placentero sosiego aquellos surcos y conociendo buena parte de su admirable historia, se levanta en nosotros el símbolo más característica de mi fe cristiana: Las Bienaventuranzas.

Ninguna otra religión, incluida la mía, tiene tanto ímpetu místico como la hebraica. Si a esto se unen los amigos mosaicos, cada vez más numerosos, el trato siempre cordial hacia nuestra persona y la extraordinaria literatura que ese pueblo ha sembrado en nosotros, se entenderá el apego emotivo hacia los hijos del Talmud, la Cábala y la Torá.

Existe una fiesta hacia la que siento una atracción íntima por lo que asume de humana: es el ‘Yom Kipur’ o Día del Perdón. Un tiempo dedicado a la aflicción del alma y el arrepentimiento, una festividad más recubierta de algarabía que de tristeza, destacando en ella una liturgia colmada de plegarias penitenciales, cantos, y un ir descubriendo a Yahvé, ya que en esta solemnidad el sefardita errante, el apartado del sendero entre los caminos del mundo y que todos llevan a Jerusalén, acude a las sinagogas con el deseo de seguir manteniendo viva, aunque sea débil, la lámpara de su dogma interior.

Frente a un cristiano con roída fe hidalga, seca y árida por lo demás, el Día del Perdón –elevado nombre– posee un significado tan arraigado que tiene que ver con ello ese aprendizaje o estudio de su creencia guardada en la tradicional ley judía –la Mishná y la Guemará– norte y soporte de esa connivencia con Jehová.

Un proverbio dice: “El hombre que perdona a sus enemigos haciéndoles bien, se parece al incienso, el cual embalsama el fuego que le consume”.

En la mayoría de los momentos cruciales de nuestra existencia, uno perdona tanto como ama. Un día escribimos –y alguien se asustó– que el único oficio de Dios es el de perdonar. No tiene otro; posiblemente amar, pero lo primero va fundido inexorablemente a lo segundo.

Los pueblos que anteponiendo en lo más recóndito de sus esencias un día para la benevolencia, merece admiración. Sé poco de los conceptos hebraicos, a lo máximo lo arrancado de alguna que otra lectura, y aún así existe algo en esa antigua convicción, en la forma ancestral de su riquísimo culto, que me embelesa, envuelve mi deteriorado humanismo en una esponja y lo refresca.

Una noche en el Kibutz Kfar Guiladia, en la frontera del norte, unos colonos levantaron una hoguera y en un coro de camaradería, alguien rompió el aire con un balada popular. No recordamos las estrofas, sólo algunas por el significado asumid en nosotros tiempo después, aunque eso sea ya otra historia.

“El sol y el mar, / el pan y el mundo, / lo amargo y lo dulce: / dejemos atrás lo que hubo, / vivamos sólo en el perdón”.

Parece una menudencia esa melodía y no lo es. Una cancioncilla por insignificante que parezca, puede guardar el bálsamo necesario que ayude a sentir la necesidad de seducir a nuestros semejantes, y esa catadura es como la luz, el agua, la querencia y el pan nuestro de cada día para los que aún creen en la necesidad de emanar perdón saliendo de los resortes sensibles de un aliento amoroso.

Es bien sabido que se aprende a perdonar, si perdonamos antes nosotros.

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