Opinión

Cela: ‘La forja de un escritor’

Rafael del Naranco | 25 de enero de 2016

Estos meses de 2016 la isla de Albión –el nombre poético más antiguo de Gran Bretaña– rememorará a William Shakespeare, el bardo inconmensurable, mientras en España evocará Camilo José Cela, escritor muy por encima de las execraciones con que le han envuelto.
Releerlo es un deleite. Sus escritos admirables. Algunos, únicos en lengua castellana.
Nos dicen que la Fundación Banco Santander editará como homenaje los artículos del gallego de Padrón publicados entre 1943 y 1952 con el título ‘La forja de un escritor’.
En nuestra corta biblioteca hay otro tomo que recopila las columnas publicadas en los postreros meses de su vida.
En esas páginas un poema ofrecido a su segunda esposa, y al leerlo de nuevo se siente que el amor subsiste en las hojarascas amontonadas por el viento en la tumba.
“Todas las horas hieren... la última mata”. Cela lo supo hasta la hora en que la Parca le tocó el hombro y le dijo: “Vamos, es hora”.
“¿Tan pronto? Si apenas son las siete de la mañana”.
“Lo siento, don Camilo, el día es corto y tengo demasiadas faenas por hacer. Debo ir a Gaza, entrar en los suburbios de Bombay, hacer una parada en Siria, donde no doy abasto, amontonar unas docenas de perseguidos afganos y hacer una ronda en la leprosería de Mombasa. En mi oficio se trabaja como un asno, de sol a sol, sin descanso. No olvide que la muerte no es otra cosa que cambiar de residencia. En el lugar al que le llevo podrá platicar con viejos amigos. Le esperarán Lucano, el andaluz Séneca y esa sombra de su vida llamada don Francisco de Quevedo. ¡Ánimo, maestro! Esto es justo e inevitable”.
El autor de ‘La catira’ le pide unos segundos más.
“Le daré una hora, hasta las ocho en punto; mientras, haré una ronda por los geriátricos del planeta”.
El escritor toma papel y pluma, e igual como hizo siempre, a mano, va uniendo frases, afanes, recuerdos, matizando la querencia de su amor más furtivo, la joven periodista que, con cuarenta años de diferencia, le acompañó en la última singladura de su fructífera existencia.
Alguien –uno mismo– siempre se agarra a una falacia en casos como el que nos ocupa: “Yo tengo la edad de la mujer que amo”. Vaga ilusión, y aún así evocadora esperanza.
Cela va uniendo palabras, será su último poema y el más vehemente. Con letra menuda rasguea la penumbra de la tarde:
“Sé bien que me estoy muriendo pero no de vejez sino de amor / Y también sé que te estoy matando pero no de juventud / Sino de amor / (aunque esto sea muy difícil de explicar) / Cuando la esperanza se convierte en quebradiza realidad / Y todos los misterios están ya maduros para dejar de serlo / Una rara sensación de dolor invade mi corazón de hombre / Y pide auxilio a los fantasmas / Sé que no me negarás un recuerdo de mínima caridad / Y sé que me vas a tupir el hueco que dejo en tu corazón...”.
Quien remitió la elegía del Nobel conoce los apegos sensitivos de una herida camino de su irreversible despedida.

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