Opinión

El absurdo humano

Rafael del Naranco | 27 de marzo de 2017

El pequeño planeta en que mora la raza humana en ningún tiempo ha caminado estable a recuento de una cognición indescifrable en su amplitud: el hombre ha nacido con mala levadura.
Milenios trascurrieron de evolución y nuestros miedos continúan siendo los mismos desde el alba primogénita en que nació la primera ameba en medio de una sopa de aminoácidos.
Nadie puede narrar la verdad de sus dudas y aprensiones en el desfile de la vida; si lo hiciera estaría en las mismísimas puertas del comienzo de la creación.
El geólogo John Hodgdon Bradley avizoró que “el caos y el capricho no existen” cuando de la formación del Universo se trata.
El polaco Isaac Bashevis Singer escribe que los hechos cotidianos de una persona superan con demasía el poder de la literatura.
Una leyenda relata la forma en que una tribu del desierto de Mesopotamia gobernada por un mortal llamado Abraham, partió de Sumer con su familia, sirvientes y rebaños, cambiando, en menos de dos generaciones, la forma de pensar de todos nosotros, creyentes o no, al concebir un Jehová único.
Basados en esa tradición, si alguien deseara perfilar la realidad del ser humano, tendría la obligación de ir al encuentro de esos resecos surcos ya que solamente escarbando unos centímetros hallará el pasado igual a como era hace diez o quince mil años. Tal vez más.
Toda piedra, retorcida viña, guijarro pulido por los vientos, capitel, ánfora, mosaico o unas simples sandalias de cuero, dicen siempre más que cualquier tratado, epístola o rollos de Qumrán.
A partir de entonces, millaradas de almas en el Firmamento –si el cielo protector está poblado– han padecido el sufrimiento iracundamente. Dios o el suspiro del aliento que mora en el Infinito, no jugará a los dados con nosotros, no obstante, sus reglas son engañosas, traicioneras y escapan a los parapetos de la definición. 
Nadie le gana al destino: inventó los enredos para confundirnos y azuzó cada brizna de nuestra desgarrada angustia.  Profusas veces cavilamos que todo es un accidente cósmico, un engranaje triturador.
Todo hombre o mujer paga la equivocación de un absurdo, y en esa entelequia el sufrimiento envuelto en guerras, cataclismos, enfermedades brutales, es parte de la gran bofetada del destino. Y sería aún más grave, al decir de Hodgdon Bradley, si no volviera nunca aparecer entre nosotros unos genios superiores a Miguel Ángel, Dante, Darwin o Cristo.
Aun así, no derramemos sollozos sobre nuestro destino, disponemos de un escudo portentoso: la inteligencia, y ella es lo más cercano a Dios.

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