Opinión

El bar de la esquina porteña de Honduras y Bonpland

Las cartas del abuelo Pascasio

 

 

 

Muy querida nieta Cristina:

Ahora que vas agarrando el ritmo normal de laburo, me vas a permitir que te acerque alguna que otra sugerencia de los abuelos emigrados. Queremos que seas vos, nieta de la montaña fonsagradina, la que ponga en valor el generoso esfuerzo de nuestra vieja nación en las orillas rioplatenses. La inmensa mayoría de los embarcados con rumbo sur fuimos pensando en volver en pocos años con unos mangos en el bolsillo. La idea era juntar para comprar un prado y un cacho de monte en el que morir junto al roble que nos vio nacer. Es así porque somos parte de nuestros bosques y herederos de los neolíticos arquitectos que construyeron las tumbas más antiguas de Europa.

Lo que te quiero decir, Cristina, es que no nacimos ayer. Al desembarcar en   Buenos Aires no veníamos en pelotas como creen algunos desinformados. Con nosotros bajó del barco el rico legado de la prehistórica cultura de los constructores de dólmenes,  en gallego se denominan antas, arcas, covas, fornelas o minas. Unos 3.500 años antes de que naciese en Belén un tal Jesús, fuimos pioneros en toda la zona noroeste peninsular al poner en marcha el programa PRO.CRE.AR. para que a ninguna familia le faltase su tumba en piedra. No te rías, es más o menos como ahora pero antes se enfocaba a la vida en el más allá. La gran ventaja de aquellos tiempos era el contar con terreno gratis y no tener que pagar impuestos.

 

La anterior introducción es para ponerte en antecedentes sobre nuestro nuevo compañero, Emilio, en la agrupación electoral ‘Cristina na Fonsagrada’. Así suelto, el nombre no te dice nada pero si agrego que Emilio era el dueño del bar de la esquina de Honduras y Bonpland en Palermo; entonces ya sabés de quien hablo. Hace poquito que llegó pero como es flor de canchero enseguida se integró en el grupo de abuelos agradecidos a la República Argentina. El bar de Emilio –nacido en Ribadeo– nunca tuvo nombre. No lo necesitaba. Los clientes decían que iban al “bar del gayego” pero ningún letrero interior o exterior lo identificaba como tal. ¿Te das cuenta que el nombre es lo de menos? 

Bueno, voy a concretar un poco, no sea que pienses que me perdí en medio de los choclos. El amigo Emilio demostró que lo realmente importante en un boliche es la calidad humana del bolichero. Cuando el que está detrás del mostrador es una persona honrada, se crea un vínculo de afinidad y fidelidad hacia el comercio que regenta. Más aún si nos referimos a un espacio emocional en el que nos alimentamos, bebemos, enamoramos o hacemos la revolución en una servilleta. Es cierto que no todos los ‘gayegos’ son filósofos como el compañero Emilio pero sin duda la alternativa de ir a una anodina cafetería sin alma es mil veces peor. Ningún aséptico establecimiento céntrico puede suplir la riqueza espiritual de ver a Emilio compartiendo contigo la alegría del golazo que metió Boca, Independiente o River.

Me vas a decir que vos preferís los lugares con identidad, como el bar de nuestro compañero, pero a una gran mayoría de personas les tiene sin cuidado. Viven corriendo –al pedo, casi siempre– sin pararse a disfrutar de un diálogo que es algo muy sano y útil para afianzar la democracia. Te voy a contar la historia que hizo de Emilio un meritorio ‘number one’. Un acaudalado empresario le ofreció un millón de dólares por el bar. Una cantidad bastante superior al valor real de la propiedad. La respuesta fue siempre “no” a pesar de insistir varias veces con la oferta. Te podés imaginar la cantidad de comentarios que generó. Para unos era un gil por no vender y para otros hacía bien, su salud espiritual no tenía precio.

Te quiero explicar que la decisión de Emilio no fue al azar. Nunca barajó la posibilidad de vender. Su gran triunfo es la derrota de las tesis monetaristas de que la “guita manda”. A un noble agricultor trasplantado que encontró el surco porteño para echar raíces, no le hablés de dólares. Unos billetes más no lo ayudan a sentirse realizado ya que su morriña no tiene precio. Al llegar acá arriba lo primero que nos contó fue que mantiene en el paladar el sabor único del invernal caldo de castañas con el que su madre le calentaba el cuerpo en su aldea natal de Lourido en la parroquia de Santalla de Vilausende. Los gallegos emigrantes sementamos estabilidad y no levantamos el campamento cada vez que anuncian tormenta.

Bien, me despido no sin antes sugerirte la oficialización de un acto anual de homenaje a los inmigrantes en la Argentina. Los abuelos proponemos la creación de una distinción personal [Inmigrante de Honra o de Mérito] que otorgue el Ministerio de Trabajo a mujeres y a hombres venidos del exterior o a los descendientes que hayan luchado y sudado en beneficio del enaltecimiento de la patria argentina. Al decir ‘Inmigrante’ incluímos a los abuelos que se fueron y a los nietos que quedan. Creemos sinceramente que no existe mayor honor para un heredero que participar en un homenaje a la sangre que corre por sus venas. En Trabajo, por cierto, tenés a la ‘gayega’ Noemí Rial que está muy sensibilizada con el tema al vivirlo diariamente en su ámbito familiar.

Recibí el abrazo cariñoso –unha aperta garimosa– del abuelo que no te olvida. Te ruego sigas apoyando al Centro Gallego de Buenos Aires.

Pascasio Fernández Gómez

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