Cuando se destaparon reinos del dopaje en China o Alemania Oriental, los compatriotas de los atletas callaron avergonzados. En España, donde el dopaje alcanza cotas únicas en deportes concretos, los periodistas cuentan en privado que vieron a deportistas guardar la EPO en la nevera pero luego se suman a los políticos y la barahúnda general para culpar a Francia de nuestros complejos (qué le importa a Roma, que posee el Coliseo, si el gladiador de turno es tracio, íbero o de Pinto). Por estos pagos la turba se echa a la calle, también, para defender a un juez que se disfraza de demócrata después de haber censurado y encarcelado todo lo que suene a vasco. Tuvo treinta años para ejercer de antifranquista y miró para otro lado. Los enemigos de mis enemigos no son mis amigos. Así funciona la turba autóctona mientras el modelo económico y político es cada vez más duro con los que menos tienen. Curiosamente ha levantado más ampollas entre esta masa amorfa la reforma laboral implantada por la ultraderecha del PP que la colada dos días antes de las pasadas elecciones por el gobierno de derechas del PSOE, que incluye un modelo de contrato de ‘aprendiz’ que va a castigar más a los trabajadores que todo lo que ha decretado el Ejecutivo de Rajoy. Por eso no es de extrañar la indignante tranquilidad con la que esta caterva encaja noticias cada vez más repetidas sobre colectas –sí, en España– para financiar la operación de un niño que necesita una intervención muy cara en un hospital o una prótesis especial que no es cubierta, algo intolerable, por el sistema nacional de salud.
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