Opinión

La vida es bella

Rafael del Naranco | 27 de agosto de 2012

El ser humano sueña con ser eterno, o por lo menos retardar al máximo la llegada de la muerte.
Leo esta maña que un laboratorio alargó la existencia de lamosca de la fruta un cuarenta por ciento más. Es decir, ese insecto “en lugar de respirar durante 80 días, lo hizo a lo largo de 110”. Sorprendente.
Nuestro envejecimiento se debe, entre otras causas, a los elementos tóxicos producidos por las moléculas de oxígeno; en otras palabras: la esencia de nuestra existencia, es también causa de la muerte. Paradójico, pero cierto.
El oxígeno es indispensable para vivir, pero a su vez es un elemento tan activo que daña las células. A medida que los años avanzan, los mecanismos de defensa que nos protegen de esos efectos se van debilitando. Hasta el punto de que las células envejecen y mueren.
Y aquí penetra la mosca de la fruta, pues sobre ella se hizo ese experimento, descubriéndose que el gen de las mutaciones es el causante de los trastornos de la edad. Salvado esto, el moscardón pudo vivir unos cuantos años más.
El hallazgo nos hizo introducirnos en los vericuetos de la vida y la muerte, un sesudo concepto tan antiguo como el hombre. El fallecimiento es por sí mismo realidad y misterio. La supervivencia, si nos acogemos al concepto pesimista de Schopenhauer, “es una perturbación inútil de la calma del no ser.” Por el contrario, Anatole France dice: “La vida resulta deliciosa, horrible, encantadora, espantosa, dulce, amarga; y para nosotros lo es todo.”
La muerte es el fenómeno más trivial, puesto que tiene una tirada de 100.000 ejemplares por día. Y, sin embargo, el misterio que comporta no está resuelto por las estadísticas, porque subsiste un hecho: mi propia muerte permanece única. Cierto. La parca es tan singular y personal como la vida misma.
Esa soledad en el más allá es la que nos empuja hacia el sueño de la inmortalidad, esperando convertirnos alguna vez en una forma del “Judío Errante”, el ser que jamás agonizaría. Los faraones del antiguo Egipto lo intentaron y otras civilizaciones también. El experimento Frankenstein no es otra cosa que vivir por encima de la muerte.
Es indudable que a pesar de lo mucho que creemos saber sobre ella, existe una gran incultura de la muerte. Cada uno de nosotros trata de resolver ese “momento” de la mejor manera posible. “Siempre morimos solos” decía Pascal. Por esa razón ahí nace el sentido de la inmortalidad, que es una forma de seguir existiendo como ser humano siempre, y al no conseguirlo por los momentos, nos refugiamos en las religiones, pues éstas nos ofrecen - todas -una vida después de la muerte.
El experimento de la mosca de la fruta es una esperanza, el ser humano vivirá cada vez más. A principios del pasado siglo la expectativa rozaba los sesenta años, hoy se encuentra en los 75. Fácilmente en los próximas décadas la existencia se prolongará hasta los 110 años, es decir, se irá alargando y, las alegrías, penas y sinsabores, también. Nada es perfecto.
Con todo, llegó la primavera y la naturaleza comienza a reverdecer delante de nuestros ojos.
La vida, no hay duda, es bella.

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