Opinión

Tanguero y clásico, Carlos Di Sarli, autor de ‘Bahía Blanca’

Isaac Otero | 15 de mayo de 2017

“Durante veinte años, a partir de 1938, la formación orquestal de Carlos Di Sarli (1903-1960), avanza hacia los primeros puestos de la popularidad y la alcanza plenamente. No se trata del impacto afortunado de un notable pianista típico que se convierte en director, sino del retorno de quien ya probó sus fuerzas en tal responsabilidad conductora, mostró sus aptitudes en locales de diversión nocturna y llevó a los marbetes de la fonografía el rubro de su conjunto”, escribe el célebre compositor y acérrimo tangófilo Francisco García Jiménez en su obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Ahora bien, ¿qué le había acontecido anteriormente a este maravilloso músico de las gafas oscuras? ¿Es que había “errado tan fiero” en aquello que tanto agradaba al público del tango? Carlos Di Sarli no quiso seguir los dictados de la moda. Él continuaba fiel a la melodía popular ciudadana que se hallaba arraigada en su corazón desde su época de pianista en la orquesta de Osvaldo Fresedo. ¡Cómo no recordar aquel pentagrama de una antigua página suya que se titula así, ‘Fresedo’, exactamente, y que el letrista subtituló ‘Milonguero viejo’! Envolvente cadencia de bandoneones y cuerdas armonizantes y vibrante piano conductor. Diez años antes su orquesta animó bailarines en los salones. Y un lustro antes no había sido diferente, cuando, de súbito, perdió sus posiciones ganadas en el disco.

A mitad de 1930 el tango está sufriendo una enorme crisis, porque los jóvenes bailarines se distancian de su compás, atraídos por otros. Di Sarli, empero, “aunque vengan degollando”, prosigue “galgueando” desde su taburete de pianista marcando el auténtico ritmo de tango. A aquel pianista de efectos “antipianísticos” de andar resonante y sincopado, bajo el apodo de ‘Manos Brujas’, Carlos Di Sarli no quiere seguirlo en el teclado. ¡Y en el dial de la radio reaparece el tango en todas las marcas de la onda! La radiofonía le brinda la novísima oportunidad para que la muchachada baile a su compás lánguido y sereno: ahora es una música que “se oye, y se bebe, y se aspira”. Di Sarli, frente a la empinada escalera de la calle Suipacha, regresa con su tango a la fonografía por una generosa puerta de la calle Bartolomé Mitre…

Desde 1938 a 1958 son, pues, sus veinte años de triunfo, lejos de aquellos “ecos de ayer”, puesto que continúan vivientes en las reediciones de sus discos. ¡Qué distante aquella vieja despedida del “¡Chau, Di Sarli!” al descender a la calle Suipacha! Con su alma puesta en su tierra natal, Di Sarli compuso su tango Bahía Blanca, que allí vio la luz el 7 de enero de 1903. Sus padres, italianos; de sus hermanos, cuatro asimismo italianos y tres uruguayos. ¿Y cómo olvidar a aquel cura bahiense que los cristianó, cumpliendo los deseos de don Miguel Di Sarli y doña Serafina Rusomanno, imponiéndole a su nuevo vástago el nombre de “Cayetano”? Ya de mayor, como no le agradaba, lo cambió en el registro civil de la Capital Federal por el de “Carlos”.

Su hermano Domingo le ofreció sus primeras lecciones de música; las más adelantadas, el profesor Enrique Guzmán, quien deseaba sacar de él un pianista clásico: música tanguera al lado de fragmentos de Chopin y Beethoven. En su casa de Olivos padeció la larga y consciente enfermedad que le ganaría la batalla aquel 12 de enero de 1960.

 

 

 

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