Opinión

El tango ‘Caminito’ de Juan de Dios Filiberto y Coria Peñaloza

Isaac Otero | 17 de octubre de 2016

“El tren de carga que iba –y sigue yendo– rumbo al sur por la calle Garibaldi, de la Boca, tenía en la esquina de Lamadrid, hace años, un curvo desvío de cien metros hasta la Vuelta de Rocha”, nos describe con remembranza el gran compositor y tangófilo Francisco García Jiménez en su nunca bien ponderado libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. “Las vías se extendían –prosigue– por un callejón de tierra y yuyos altos, a espaldas a las típicas casitas de madera y chapa. Arriba, las ropas tendidas, y abajo, bordeando el breve ramal, las florcitas silvestres, ponían la humilde nota de color. Y los novios del barrio, en la hora crepuscular, elegían el atajo para intercambiar ensueños y besos”.

Todo tiene su principio. El tango Caminito nos conduce allí. Desde la década de 1920 el barrio de la Boca albergaba el corazón de su músico, al igual que el de su pintor. Juan de Dios Filiberto –que había comenzado sus pasos musicales bajo la batuta de directores de Conservatorio– en seguida percibió el timbrazo de su ascendencia. Porque, en efecto, su padre y su tío tuvieron “casa de bailes” en las calles Pinzón y Necochea. Junto a él, Benito Quinquela Martín había ofrecido sus pinceles colmados de pasión rindiendo inquebrantable pleitesía a los paisajes ribereños. El buen Filiberto, componiendo en el “armonium” sus melodías, las concibió en el “bajo cantabile”. De modo que así encendió una estrellita lírica para el bandoneón, sonoro descendiente de aquél. ¿Quién no recuerda su Quejas de bandoneón, de 1919, origen de su destino de ser su hermoso tango? Durante aquellas noches de bohemia, Juan de Dios conoció al poeta Gabino Coria Peñaloza, llegado a la metrópoli de Buenos Aires desde sus tierras de la región de Cuyo con su espíritu poético, para alternar en las mesas de café.

Así, pues, Filiberto y Coria Peñaloza –¡música y letra!– echaron a andar juntos las calles de la Boca y las húmedas tierras del Riachuelo. Entre mástiles y cabos, ambos hallaron por azar la inspiración cuando, yendo desde la Vuelta de Rocha a la casa de Filiberto, vieron a un hombre y una mujer enamorada: “Caminito que todas las tardes/ feliz recorría cantando mi amor…”. Esto acontecía en 1923. Aunque sin nombre, el tango iba musitando su copla: “Desde que se fue,/ nunca más volvió./ Seguiré sus pasos; / caminito, adiós…”. Tampoco aquel callejón del desvío ferroviario tenía nombre. He ahí la florcita de yuyo al lado de la hosca miseria de unos residuos de baldío…

Transcurridos tres años, Filiberto y Peñaloza otorgaron nombre a su tango, conservándolo inédito: Caminito. Y en ese Carnaval de 1926 la Intendencia Municipal dio a conocer un concurso de canciones para el “Corso” oficial. Ambos artistas presentaron su composición como “canción porteña”. Recordemos que el “tango”, incluso en su escueta terminología, había sido siempre “insociable” para los entes oficiales. Aquella calificación dada por ellos era naturalmente un eufemismo, al igual que el tango El Choclo presentado como “danza criolla”. El caso es que obtuvo el triunfo, si bien el público lo abucheó y lo silbó. ¿Acaso por su letra tristona y monocorde? “Caminito que el tiempo ha borrado,/ que juntos un día nos viste pasar,/ he venido por última vez,/ he venido a contarte mi mal”. Más tarde, el tren de carga no torció más hacia la Vuelta de Rocha: levantaron el desvío ferroviario.    

  

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