Opinión

Siegfried Huber y el universo histórico de Francisco Pizarro

Isaac Otero | 11 d octubre d 2012

“La historia que aquí vamos a relatar abarca la generación de 1490 a 1548 en las Indias Occidentales españolas. Ha sido tomada de distintas fuentes de aquella época: de hechos reseñados por Pedro y Hernando Pizarro, por Estete y Francisco de Jerez; de las crónicas de Oviedo, a través de cuyo notariado en Darién, Panamá y Santo Domingo, suministró todas las noticias; de Herrera y de Gómara, que estaban encargados de la correspondencia y de las actas reales; de los apasionados relatos de los participantes o de la esmerada pluma, para dictar un juicio, de un humanista descontento; de cartas y documentos con el sello real”, encabeza el ‘Prólogo’ escrito por el historiador Siegfried Huber al frente de su obra titulada Pizarro, oro, gloria y muerte, Editorial Grijalbo, S.A. para el ‘Círculo de Lectores’, Barcelona, 1966.

Henos ante la presencia de la administración y de la justicia reales al iniciarse el siglo XVI en la isla Española, y nos orienta acerca de los primerísimos pasos de un español en el continente americano. Mas, ¿quiénes son sus personajes? Conquistadores, capitanes y cabecillas. Soldados y buscadores de botín. Cosmógrafos y fundadores. Sacrificados indios y monjes quienes –merced al amor por los hombres del Nuevo Mundo– renegaban de sus coterráneos, licenciados de alta jerarquía, que, más que en el país, profundizaban en sus hechos. Previamente, Huber nos convida a respirar aquella atmósfera espacio-temporal propia de la España ascendente de Isabel y Fernando, al igual que de Carlos V con el Nuevo Mundo.

Con tales personajes surcamos todos los mares. Nacimiento y ocaso de novísimas ciudades. La fundación de Panamá y Lima. He aquí el encuentro con caníbales y culturas extrañas. Feroces combates en las selvas y montañas y glaciares. Privaciones y epidemias. Hambre y sed, la diaria aventura a través de los exuberantes e intrincados bosques y desiertos. Y los seguimos así hasta la sepultura en las laberínticas selvas o en las movedizas arenas o en los ventisqueros de las nevadas cumbres de los Andes. “El hombre americano, que tiene origen en este cambio brusco –afirma el escritor alemán Siegfried Huber– continúa profundizando actualmente en este antagónico origen”. Y agrega que esta constante discrepancia, nos la testimonia el poeta peruano M. G. Prada en sus versos: “¡Dejad el pasado,/ dejadlo dormir en las ruinas o sepulturas…/ Y, ante el milenario sepulcro de las entrañas de la muerte,/ dad preferencia a la prosperidad de los jóvenes y de los nuevos!”.

Correspondiente a la ‘Cronología de Pizarro’, en primer lugar figuran los preparativos: en 1476, el supuesto nacimiento de Francisco Pizarro y en 1502 o 1504 la salida, con Ovando, hacia la Española, donde se dedica a la agricultura. Años después, parte con la expedición de Ojeda hacia Tierra Firme. Luego va en la expedición de Balboa por el istmo y tiene lugar el descubrimiento del mar del Sur. Sale con Pedrarias hacia Panamá y en 1524, el 14 de noviembre emprende con dos embarcaciones el primer viaje al Perú. En 1533 Francisco Pizarro llega a Cuzco; a los dos años funda la Ciudad de los Reyes, es decir, Lima. Y en 1541, el asesinato de Pizarro por los partidarios de Almagro. “Fueron culpables de su proceder –señala el poeta Leopoldo Panero en el “Epílogo”–. Fueron consumidos por sus hechos, como por un fuego que habían encendido y no querían apagar, aun cuando ello estuviese a su alcance”.

 

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