Opinión

‘¡Leguisamo solo!’, tango de Modesto H. Papávero y Carlos Gardel

Isaac Otero | 12 de diciembre de 2016

“La tarde del 15 de agosto de 1922, en el picadero del hipódromo de Palermo, el ‘trainer’ Naciano Moreno –al que llamaban ‘el mago’ por su actuación afortunada– ayudó a subir sobre la montura de la yegüita ‘Mina de Plata’ a un ‘jockey’ de 19 años que venía de Montevideo a probar suerte en Buenos Aires”, escribe el inefable poeta tangófilo Francisco García Jiménez en su libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. Pues, en efecto, la gente del ‘turf’ conocía bien que el muchacho había sobresalido en la pista de Maroñas. Para esa misma gente, no obstante, e incluso para el propio joven, “éstos eran otros López”. “Con la supuesta nerviosidad se estrenó en esa carrera ordinaria –continúa el compositor García Jiménez–; la yegüita que montaba era más ordinaria todavía; y el ‘jockey’ forastero se concretó a llegar al disco confundido entre los ‘no placé’. Una semana después, al ganar la carrera final de la reunión con el caballo ‘Tamarisco’ en una ‘atropellada’ fulminante, la afición argentina empezó a saber quién era Irineo Leguisamo”.

En seguida vendrían nuevas y numerosas victorias, además de las hazañas de riesgo de asombrosa definición. ¡Y el nombre y la imagen de Irineo Leguisamo se convirtieron en familiares para todos los aficionados o no al seductor ‘turf’! Fue señalado como “maestro” por su destreza y “pulpo” por su “monopolio” de triunfos. Capaz siempre de apropiarse de la victoria ya en el filo de la meta, brotando como una exhalación: igual que si quisiera que nadie pudiera cantar “¡victoria!”, mientras él estuviese en los estribos. El insuperable ‘Carlitos’ Gardel –apasionado por las carreras de caballos– siempre sintió fervor por Leguisamo. Tanto que en las simpáticas reuniones de la caballeriza de otro célebre cuidador, Francisco Maschio, familiarizó con el joven ‘jockey’ de cauta palabra y discreta actitud. ¡Gardel y Leguisamo! Un dúo de amistad y legendaria popularidad. “El binomio simbólico del populismo porteño”, nos recuerda Francisco García Jiménez. El grito de “¡Leguisamo solo!” que se elevaba sobre las tribunas del hipódromo de Palermo constituía el inmejorable obsequio ofrecido por el gran cantor de tangos Carlos Gardel.

Surgió entonces la amalgama de la apología del gran jinete y la melodía del tango cantado por Gardel. ¿El músico? Un casi desconocido: Modesto H. Papávero, nacido en 1899 y fallecido en 1965. “Con el pequeño milagro de una tonada irresistiblemente pegadiza y una letrilla a la que hay que perdonarle toda su inocuidad en mérito a la intención –matiza García Jiménez–, realizó su tango y se lo envió a Gardel por correo”. Y al “morocho zorzal” le faltó tiempo para probarlo y pronto extraerle “efectos repentistas” para su estreno inmediato, incluso con grabación en discos. No olvidemos que Gardel fue propietario del “pura sangre” llamado ‘Lunático’, que con los colores del ‘stud’ Yeruá, al cuidado de Maschio y conducido por Leguisamo, venció en una decena de carreras. El ‘pingo’ asimismo logró ser “campeón de la simpatía turfista” sin haber alcanzado un solo premio clásico, ningún triunfo resonante de aquellos que se propagan entre la gente ajena al hipódromo. Gardel asistió a un solo triunfo de su caballo durante los años de 1925 a 1927, cuando el cantor realizara algunos viajes artísticos a España. Gardel cantó en el cine ‘Empire’ –de la esquina de las calles Corrientes y Maipú– con más bríos que nunca: “¡Leguisamo solo!/ gritan los nenes de la popular…/ ¡Leguisamo al trotecito, nomás!”.

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