Opinión

El hogar familiar de los Bolívar en Venezuela

Isaac Otero | 12 de octubre de 2020

“Tanto la estirpe paterna como la materna, los Bolívares como los Palacios, aportaban a la familia del Libertador tradiciones de riqueza, de bienestar y de poder social. Ni un solo momento desde que llega a Venezuela Simón de Bolívar en 1587 se eclipsan los antepasados del Libertador de los círculos dirigentes del país; y casi siempre había por lo menos uno en el Cabildo. El 17 de septiembre de 1593 se concede a Simón II, hijo de Simón I, la encomienda de los indios de Quiriquire en el valle de San Mateo, hacienda que será residencia favorita de los Bolívar hasta los días del Libertador”, escribe el insigne historiador y reconocido escritor, tanto en poesía como en prosa, Salvador de Madariaga Rojo en su insoslayable obra Bolívar, Editorial España-Calpe, S.A., Madrid, 1951; 2ª edición, Madrid, 1975.

Salvador de Madariaga –apoyándose en la Historia Constitucional de Venezuela, obra de José Gil Fortoul, Caracas, 1930, 3 volúmenes– nos recuerda que la familia se encontraba profundamente arraigada en las tradiciones españolas de los “blancos ricos, aristocráticos y pudientes, seguros en su fe religiosa, en su lealtad monárquica, en sus títulos y privilegios, en sus indios y en sus esclavos negros”. Don Juan Vicente de Bolívar y Ponte, padre del Libertador, era vástago de todas estas estirpes, flor de todas estas tradiciones. Porque, en efecto, residía en Caracas, en la casa de Josefina Marín de Narváez, en San Mateo, en la encomienda de su antepasado el Contador Real.

Así, pues, Don Juan Vicente era coronel del batallón de Milicias de Blancos voluntarios de los valles de Aragua, comandante por S. M. de la Compañía de Nobles Aventureros, creada en Caracas en 1786. Entre los avatares acontecidos, con su cortés figura, sobresale en uno o dos incidentes sensacionales de la época tan turbulenta en que vivió. Recordemos que el 24 de febrero de 1782 –diecisiete meses exactos antes de nacer su hijo menor, el que iba a hacer famoso su nombre– el coronel, junto con otros dos aristócratas de Caracas, firma una carta que es un auténtico “llamamiento” al pensador Miranda como “hijo primogénito de quien la madre patria aguarda este servicio importante”. Y declarándose, además, al igual que sus amigos, “prontos para seguirle como nuestro caudillo hasta el fin y derramar la última gota de nuestra sangre en cosas honrosas y grandes”.

El célebre historiador Salvador de Madariaga, para todos estos pormenores, hace referencia al Archivo del General Miranda, 1750-1810, Caracas, Venezuela, 1929-1938, 15 volúmenes. De ahí que nos hagamos la pregunta: “¿Qué cosas grandes eran éstas que los tres aristócratas de Caracas aspiraban a llevar a cabo?”. Y asimismo: ¿Quién era aquel hijo primogénito de la madre patria a quien apelaban?”. Pues Miranda, por aquel entonces, no era ningún rebelde: era un teniente coronel del ejército español que disfrutaba de una enorme reputación en su natal Venezuela, debido a una destacada carrera militar. E igualmente, por la parte que había tomado en las campañas españolas contra los ingleses en la Florida, singularmente en el sitio y toma de Pensácola. Tras varias semanas, recibió la carta de sus tres compatriotas de Caracas. También le cupo en suerte recibir la rendición de la guarnición inglesa de las Bahamas.

 

 

 

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