Opinión

El análisis de Torres Bodet sobre el genio de Dostoyevski

Isaac Otero | 19 de octubre de 2012

“Hay escritores que nacen en medio de una tormenta, entre relámpagos y plegarias. Así nació, en 1768, quien debía emigrar a Londres durante la Revolución francesa, imaginar las penas de ‘Atala’, escribir El genio del cristianismo, dejarse amar por la señora Récamier, sorprendernos con sus memorias, desde ultratumba y llevar –hasta Roma y Jerusalén– el apellido de una familia de monjas y de corsarios: Chateaubriand”, inicia su ensayo acerca de la personalidad y la obra literaria del escritor ruso Dostoyevski el mexicano Jaime Torres Bodet en su libro Tres inventores de realidad, Ediciones ‘Revista de Occidente, S. A.’, colección ‘Cimas de América’, Madrid, 1969.
Torres Bodet a continuación nos recuerda cómo, al contrario, otros, caso de Goethe, llegan al mundo “en la mies del año y en la gloria del mediodía”, en el momento en que suenan las doce campanadas en los relós de Francfort y todos los calendarios señalan en Europa el 28 de un mes de agosto. “Menos solar que el poeta de Hermann y Dorotea –y menos suntuoso que el peregrino del Último abencerraje–, Dostoyevski se contentó con venir al mundo sobre un patíbulo”, agrega Torres Bodet. Y es que, ciertamente, este dato no es el que figura en las magníficas enciclopedias. Teodoro Mijailovich Dostoyevski en verdad nació en Moscú el 30 de octubre de 1821. Era hijo de un egoísta médico y de una madre resignada. “Aquel Teodoro Mijailovich dio a sus maestros, a sus amigos –y hasta a algunos de sus lectores– la impresión de haber existido durante veintiocho años, desde su aparición en el escenario de un hospital de Moscú hasta el momento en que el zar Nicolás I lo envió al patíbulo”, escribe Torres Bodet, añadiendo: “Pero, en cierto modo, ese patíbulo fue su cuna. Porque, si un niño llamado como él despertó a la luz en 1821, lo que en 1849 despertó a la conciencia de su destino fue el genio de Dostoyevski. Y eso, históricamente, es lo que nos importa”.
Rememoramos también aquella carta de Dostoyevski dirigida a su hermano Miguel: “Mi hermano, mi amigo querido: No he perdido el valor: La vida es en todas partes la vida. Está en nosotros y no en el mundo que nos rodea. Cerca de mí se hallarán los hombres. Y ser un hombre entre los hombres –y serlo siempre, cualesquiera que sean las circunstancias–; no flaquear, no caer… eso es la vida; ese es el verdadero sentido de la vida”. Y prosigue: “Lo he comprendido ya. Esta idea me ha entrado en la sangre… Si alguien conserva algún mal recuerdo de mí, si me disgusté con alguien, si dejé en alguien una desfavorable impresión, diles que olviden esas culpa. No hay maldad, no hay odio en mi corazón… ¡Tendría tantas ganas de amar y de abrazar a cualquiera en este minuto!”.
Cuando estuvo en Siberia, aquel nuevo Dostoyevski se vio forzado a aprender otra vez a vivir. Porque, en efecto, para obtener una meticulosa visión de la existencia del escritor ruso en la prisión de Omsk, es preciso releer los asombrosos capítulos de sus Recuerdos de la carta de los muertos. Sobresalen, entre otros, dos episodios. El primero de ellos es ‘el baño de los manditos’, el cual inspiró a Zweig una imborrable página. El segundo no es menos digno de recordación: el espectáculo que organizaban los presidiarios con ocasión de las grandes fiestas: el presidiario, Vanka o Baklúchin, por ejemplo, se vestían con levita, abrigo y sombrero, como un señor. He ahí el horror del castigo. Y la injusticia de la justicia. La libertad en lucha contra el destino.

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