Opinión

‘El ciruja’, tango de Ernesto de la Cruz y Francisco A. Marino

Isaac Otero | 31 de octubre de 2016

“Empezada la segunda mitad de los años veinte del siglo XX, aparece en Buenos Aires un tango cuya letra supera con creces todas las licencias de construcción que pueda tomarse una canción popular. Está escrito en franco y decidido lunfardo. Su asunto es carcelario. Sus personajes ‘chapalean’ fango. Su escenario es el fango mismo. Se llama El ciruja, afirma el inconmensurable poeta tanguero Francisco García Jiménez en su señero libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. ¿Sus autores? Ernesto de la Cruz –el ‘morocho’ compositor– de muchacho fue practicante de ‘box amateur’ en el inolvidable gimnasio del profesor francés Lenevé. Y arrastrado por su pasión musical, después fue a estudiar el bandoneón con Minotto y la armonía con Gilardi. En lo que al letrista se refiere, Francisco A. Marino, nacido en 1904 y fallecido en 1973, fue primeramente cantor de orquesta para más tarde continuar con notables méritos la carrera de actor de teatro profesional.

Ahora bien, ¿qué impulso les conduce a Marino y a de la Cruz a llevar a término, en colaboración, el tango más “reo” de su momento y de otros posteriores? Discurría el dorado tiempo del denominado “tango-canción” y, si bien existía en la modalidad de sus letras una señalada tendencia renovadora y se reafirmaba y elevaba la puntería en su concepción, continuaban manteniendo éxito de público las letrillas de raigambre “arrabalera”. De suerte que el tango venía “quebrándose” en “canyengues” desde un distante Dame la lata de las carpas “barraqueñas” con su “verba” próxima a la de Mi noche triste. El hecho es que los cantores “enemigos” de la estrofa popular sólo se volcaban en el tango expresado mediante la “jerga” lingüística porteña. El bandoneonista de la Cruz aceptó la apuesta formulada por Marino: “Te apuesto a que escribo una letra que será un muestrario completo de palabras arrabaleras”. De la Cruz no dudó. “Si esa letra se hace, yo seré capaz de adaptarle una música que sea una ‘pegada”.

Y ambos artistas vencieron. La letra –bien breve– es en sí misma una lección para un ensayo de lexicografía del “lunfardo”. Así lo comprendió a la perfección el recordado tangófilo que fuera presidente de la Academia Porteña del Lunfardo de Buenos Aires: Don José Gobello, para quien figuraba en el repertorio de los tangos como uno de sus más queridos. Lunfardo ya desde su título: el “ciruja” es el que busca en los basurales los desperdicios que pueden ser industrializados, siendo voz apocopada de “cirujano” al sustantivar irónicamente su “bisturí” a su “palo” revolvedor, provisto de un agudo clavo en la punta. Claro que su inofensiva ocupación no impedía otras no tan “santas”: “Recordaba aquellas horas de garufa/ en que, minga de laburo, la pasaba/ meta punguia y al codillo escolasaba/ y en los burros se ligaba un metejón;/ cuando no era tan junado por los tiras/ la lanceaba sin tener el manyamiento”.

La mujer que enamoró al “ciruja” y, mediante sus perfidias, lo condujo al fin al duelo a cuchillo y a la “gayola”, se halla “pintada” de cuerpo entero: “Era un mosaico diquero,/ que yugaba de quemera,/ hija de una curandera,/ mechera de profesión”. Código verbal, en consecuencia, del cosmos de la “lunfardía” con sus vocablos insertos en todos los diccionarios del Lunfardo, sobre todo en el imprescindible de José Gobello y sus incontables estudios monográficos. La “germanía” del español del Siglo de Oro, color y poesía en la pluma de Cervantes o de Quevedo.

 

 

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