Opinión

Benito Pérez Galdós: una perspectiva de Jaime Torres Bodet

Isaac Otero | 21 de septiembre de 2012

“Cuando decidí reunir en estas notas el nombre de Benito Pérez Galdós a los de Stendhal y Dostoyevski, algún amigo me preguntó: ‘¿Por qué Pérez Galdós? Sí, ¿por qué él y no, por ejemplo, Proust, que usted tanto admira, o Thomas Mann, que tantos lectores tiene en Hispanoamérica, o Kafka, que de manera tan original y tan imprevista prolongó ciertas partes de la obra de Dostoyevski, o Tolstoi y –en Resurrección y en La guerra y la paz– nos dejó dos libros definitivos, o Dickens, por quien no ignoro la fidelidad de su devoción, acrisolada durante años, desde el fervor de la juventud?”, nos confiesa el escritor y ensayista mejicano Jaime Torres Bodet en su libro Tres inventores de realidad, Editorial ‘Revista de Occidente, S.A.’, colección ‘Cimas de América’, Madrid, 1969.

Torres Bodet nos revela que en la voz de don Benito España entera “nos reconforta”. Señala que en América Pérez Galdós es menos conocido de lo que suponen no pocos hombres de letras. A su juicio, “todo parece conjurarse contra él”: su fama de anticlerical y su estilo, tan calumniado; su fecundidad, que resulta difícil de afrontar en todas sus múltiples consecuencias, y su frialdad aparente, de narrador implacable por objetivo. Nos recuerda cómo su compatriota Alfonso Reyes lo elogió en la segunda serie de sus Capítulos de literatura española, al afirmar que “es el ser total que se expresa a través de todos los estilos y las maneras, quebrando los moldes convencionales y canónicos, donde no ha cabido la ancha respiración española”. Pues, en efecto, en él hallamos la bondad, “la leche de la ternura humana” que decía Shakespeare.

“Al regresar del primero de sus viajes a Francia, tenía Galdós veinticuatro años de edad y cinco de ferviente ‘madrileñismo’ –nos señala Torres Bodet en su apartado ‘Galdós y la historia’–. De su infancia y de su primer aprendizaje en las Islas Canarias parecía guardar un recuerdo oculto, manantial de íntimas emociones, pero no de verbosas nostalgias líricas. De 1862 a 1867, había estudiado en Madrid una profesión liberal, que no ejercería –la de abogado– y un arte, mucho más liberal: el de resumir, con los ojos, la realidad. Este arte sí habrá de ejercerlo en lo sucesivo, incluso durante la noche de aquella ceguera injusta que entristece, bajo los laudos, el rostro de su vejez”.

Incide el escritor Torres Bodet en la obra galdosiana titulada La fontana de oro, novela que narra los hechos desarrollados en el Madrid de 1821 a 1823. Con el fondo del reconstruido marco histórico se nos ambienta en el mundo de la Carrera de San Jerónimo y las Cortes, las tertulias de los inconformes, la vigilancia de los esbirros, los “serafines” del Exterminador, las actividades de las logias masónicas y, entre las perfidias del soberano, es decir, Fernando VII, la génesis de un “liberalismo” que aplastará el rigor de la Santa Alianza. Más tarde vendrá el inmenso mural de los Episodios Nacionales. Don Benito organizó el universo de sus “obritas” –como él mismo las designaba– en cinco regimientos que él denominó “series”. Cada “serie” debía constar de diez unidades. Recordemos que las cuatro primeras están completas; la última sólo cuenta con seis. La colección comenzó a editarse en 1873 y concluyó, sin finalizar, en 1912. Jaime Torres Bodet prosigue analizando la obra de Galdós merced a dos nuevos “apartados”: “La realidad” y “Cuatro ejemplos”. Una original perspectiva acerca del inmarcesible novelista español.

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