Opinión

Antonio de Mendoza, una biografía de Germán Vázquez

Isaac Otero | 28 de septiembre de 2012

“Don Antonio de Mendoza, hijo del marqués de Mondéjar, diplomático del imperio, comendador de Socuéllamos, ¿habría pasado a la Historia si el emperador no le nombrara virrey de la Nueva España? Evidentemente, la respuesta sólo puede ser negativa. Pero la cuestión no acaba aquí. Aún debemos formular un segundo interrogante: ¿por qué las páginas siguientes están dedicadas a Antonio de Mendoza y no, por citar algún nombre, al marqués de Falces o a cualquier otro virrey, que los hubo en cantidad y calidad?”, señala en su ‘Prefacio’ el historiador Germán Vázquez al frente de su libro Antonio de Mendoza, colección ‘Protagonistas de América’, Historia/16, Quorum, Quinto Centenario, Madrid, 1987.

Antonio de Mendoza no fue sino “el espejo de una conflictiva y pasional época”. Sin duda, “el martillo que burócratas y encomenderos, laicos y seglares, manejaron para dar forma a aquella amalgama en fusión que se llamó ‘Nueva España”. Germán Vázquez nos confiesa que el resultado de su trabajo ha sido una, llamémosla así, “leyenda gris”, en la cual la tópica división maniquea entre encomenderos malos y clérigos buenos, entre políticos filantrópicos y sanguinarios conquistadores, deja paso a “otra dualidad, no por oculta menos real: la oposición entre la sociedad civil y el Estado”.

En su biografía, el historiador nos invita a rememorar –en su primera sección– “los años españoles”. Porque, en efecto, en la primavera de 1490 Francisca Pacheco, esposa de Íñigo López de Mendoza, capitán general de los ejércitos isabelinos, cruzaba los grisáceos muros de Alcalá la Real, la principal fortaleza de las tropas castellanas que operaban en la montañosa frontera cristiano-nazarí. El fin de la valerosa señora –quien soportó todas las penalidades del difícil viaje entre Guadalajara y la citada población jiennense– no era sino el de reunirse con su esposo, cuyas actividades de la guerra le habían distanciado dos años del hogar. Tal reencuentro supuso un feliz acontecimiento: a fines de ese año, o a principios del siguiente, vio la luz el segundo hijo varón de la pareja. El que recibió el nombre de Antonio. De modo que la Casa de Mendoza –cuyo origen procedía de las “merindades” de Álava– representaba uno de los linajes más sobresalientes y ricos de la aristocracia castellana.

El 17 de abril de 1535 una real cédula nombraba virrey de la Nueva España a don Antonio de Mendoza. Aparte de ostentar la representación del monarca, el antiguo diplomático desempeñaba los cargos de gobernador y presidente de la Real Audiencia, aunque carecía de voto al no ser letrado. El “césar” –poniendo de relieve la confianza que tenía en el granadino– puso el destino de la ‘Nueva España’ en las manos del leal vasallo, a quien invistió de poderes casi absolutos. En el apartado ‘De Cibola a Filipinas’ el historiador Germán Vázquez afirma que “la política exterior de los estados del México central se caracterizó siempre por la tendencia a ensanchar los límites de sus fronteras occidentales y sureñas”. Con la llegada del virrey, empero, hubo un brusco cambio. Él tuvo el honor de iniciar la exploración de lo que hoy es el suroeste de los Estados Unidos de Norteamérica, abriendo así el paso para la colonización de Texas, Arizona, Nuevo México y California. Después, examinará ‘Nueva Galicia a sangre y fuego’, ‘El visitador Tello de Sandoval’ y ‘De la Nueva España al Perú’.

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