Opinión

Ángel Villoldo y Goyo Cuello en la historia del Tango

Isaac Otero | 11 de junio de 2018

“El orgullo de saber bailar era característico del ‘orillero” que se preciaba de tal. Mostrarse ‘patadura’ podía resultar tan negativo para el prestigio viril como ser chambón con el cuchillo. Incluso un personaje tan introvertido como Ecuménico López, el protagonista de Un guapo del 900 de Samuel Eichelbaum, sabe –aunque sin alardes de ‘compadrito’– lucirse en un tango. Nadie se hubiera atrevido a pisar fuerte sin conocer con precisión sus principales figuras. Al ‘quilombo’ también se iba a bailar”, escribe el ilustre poeta y ensayista Horacio Salas en su monumental estudio El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

Escuchemos ahora al cantor Ángel Villoldo en su letra de ‘Cuerpo de alambre’, cuando se llena de gozo ante su compañera de danza, alardeando de su virtuosismo: “Yo tengo una percantina/ que se llama Nicanora/ y da las doce antes de hora,/ cuando se pone a bailar;/ y si le tocan un tango,/ de aquellos con ‘fiorituras’/ a más corte y quebraduras,/ nadie la puede igualar”. Y más adelante versifica: “Es mi china la más pierna/ p’al tango criollo con corte;/ su cadera es un resorte,/ y cuando baila el motor./ Hay que verla cuando marca/ el cuatro o la medialuna,/ con qué lujo lo hace, ¡aijuna!/ Es una hembra de mi flor./ Yo también soy medio pierna/ p’al baile de corte criollo,/ y si largo todo el rollo,/ con ella me sé lucir./ En Chile y Rodríguez Peña/ de bailarín tengo fama:/ ‘Cuerpo de alambre’ me llama/ la muchacha gilí”.

El prestigioso musicólogo Horacio Salas asimismo nos recuerda la enorme propagación conseguida por la danza durante el primer lustro del siglo XX. Evidencia de ello es el texto que bajo la firma de Goyo Cuello publicó la revista Caras y Caretas en su edición del 11 de marzo de 1904. Su título era tan seductor como “Baile de moda”. Ocupando una página completa, el artículo expresa: “Llegado el Carnaval, el Tango se hace dueño y señor de todos los programas de baile, y la razón es que, siendo el más libertino, sólo en estos días de locura puede tolerarse. No hay teatro donde no se anuncien tangos nuevos, lo que es un aliciente para la clientela de bailarines que, deseosa de lucirse con las ‘compadradas’ y ‘firuletes’ a que da lugar tan lasciva danza, concurre a ellos como moscas a la miel”.

“Como espectáculo es algo original: en el ‘Victoria’, sobre todo, es donde tiene que admirar más”, continuamos leyendo en estas clarividentes e ilustrativas páginas articulísticas. Alude a la sala repleta de gente ufana, así como a las expresiones tan provocadoras que eran capaces de “enrojecer el casco de un vigilante”. Al fondo, el “malevaje de las afueras” con improvisados disfraces; en los palcos, “mozos bien y muchachas más bien todavía”. Casi cinematográficamente retrata la escena: “De pronto, arranca la orquesta con un tango y empiezan a formarse las parejas”. Y después: “El chinerío y el compadraje se unen en un fraternal abrazo y da principio la danza”. Y nos revela “las contorsiones, cuerpeadas, desplantes y taconeos a que da lugar el Tango”.

Parejas hamacándose al compás de la danza, cadenciosa y voluptuosamente. Al fondo, la gente, en grupo, está alrededor para ver “bailar a una china orillera”, que es proclamada “maestra”.

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