Opinión

‘Nostalgias’, tango eternizado por Juan Carlos Cobián

Isaac Otero | 18 de septiembre de 2017

“Al evocar los días aciagos que vivió el mundo de la primera Gran Guerra mundial, y la actuación coexistente de Arolas en el ‘cabaret Montmartre’, de la calle Corrientes, un nombre acudió a mi devanar de recuerdos y le doy su lugar de primer plano. El del pianista de aquel conjunto del ‘tigre’ barraquero. Un muchacho de dieciocho años, entonces, Juan Carlos Cobián, nacido en 1895 y fallecido en 1953”, manifiesta el inconmensurable compositor y tangófilo empedernido Francisco García Jiménez en las páginas de su obra titulada Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, 1ª edición, Buenos Aires, 1980.

Estudiante del Conservatorio ‘Williams’ con excelentes calificaciones, perdió a su madre cuando ella aguardaba para su hijo un esplendoroso futuro dentro de la música clásica. Entró en la bohemia adolescente tocando en el llamado “Biógrafo de las Familias”, de la calle Santa Fe, donde solía adaptar diferentes ritmos al sincopado rodar de las películas mudas. Apasionado por el tango, empero, trabó conocimiento con el ‘tano Genaro’ y con él anduvo por los cafetines abajeños, “en una andanza de compás binario, que sería la lumbre de su vocación definitiva”, en palabras de García Jiménez. El caso es que, cuando Arolas lo oyó, el ‘tano’ se quedó huérfano de pianista. Fue primero en el ‘Royal Pigalle’ y en el ‘Montmartre’ después, donde se les hizo la boca agua al escuchar en el teclado a este ‘botija’, así nombrado por algunos empleando el modismo montevideano aclimatado en Buenos Aires. ¿Un tanguito novel? El suyo, y de circunstancias: El botija.

Juan Carlos Cobián no era porteño, sino bahiense: “Recibí la educación primaria en Bahía Blanca. Luego, mi familia se radicó en Buenos Aires”. ¿La realidad? Había nacido en Pigüé. Algunos de sus compañeros listos para la “cachada”, lo denominaban “el paisano Cruz Montiel”. Y le canturreaban al estilo de: “En un pingo pangaré,/ flete nuevo y coscojero,/ güen herraje y güen apero,/ y en dirección a Pigüé”. Pronto se frenaron, porque él no fue sino una “carta brava” del mundo del tango. Ya en 1919 era una primerísima figura, en el momento en que el piano sobresalía desplazando a la guitarra en la función rítmica del acompañamiento. A él se le atribuye la creación de los “solos de piano”, mechados entre la ejecución orquestal tanguista, si bien entre aquellos ejecutantes populares del mundo “heroico” no era raro hallar esa iluminación plena de “intuición” desprovista de envanecimiento. Cobián sí que fue el creador de la “pausa fantaseada”. Un día se olvidó de que con el uniforme de “milico” se precisa cambiar ciertas costumbres y obedecer. ¿Otro tango suyo? A pan y agua, recuerdo de aquellas amargas horas en el calabozo del Regimiento.

¿Éxitos? ¿Quién podría olvidar El motivo, La casita de mis viejos, Mi refugio o Susheta? En Norteamérica terminó haciendo ‘jazz’ y, al volver a Buenos Aires, dirigió una orquesta “sincopada” y colaboró en teatros “revisteros”. Viajó con Enrique Cadícamo, su amigo y colaborador, quien, al morir Carlos Gardel, escribió una comedia musical inspirada en la figura del ‘Zorzal’: El cantor de Buenos Aires. El cantable ‘leit-motiv’ de la obra no le gustó al empresario y lo rechazó. En 1936 Rodríguez Lesende entonó otro tango de Cobián: Nostalgias. “Quiero emborrachar mi corazón/ para apagar un loco amor/ que más que amor es un sufrir”. ¡Y la eterna difusión de este tango!

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