Opinión

Casi sin quererlo (y sin advertirlo), Italia se ha convertido en una inesperada estrella política de las últimas semanas. La renuncia del Papa Benedicto XVI, la cual fue efectiva desde el pasado 28 de febrero, supone una histórica movida política dentro del Vaticano, donde la corrupción y la pedofilia parecen emerger como los factores clave de su renuncia.
Fuera pero no lejos de las fronteras vaticanas, las polarizadas elecciones legislativas italianas del domingo 24 de febrero, dejaron varias lecturas. La primera, que la escasa participación (poco más del 55 por ciento del electorado) evidencia la desilusión ciudadana con la clase política. Esta falta de sintonía preocupa en una Europa asolada por la crisis y azotada cada vez más por las protestas y las reacciones populares ante las medidas supuestamente adoptadas para salir de la crisis.
Independientemente de quien sea el ganador (las encuestas fluctuaban entre el ex comunista Pier Luigi Bersani, al cómico Beppe Grillo y al ex primer ministro Silvio Berlusconi, y un posible apoyo de Mario Monti al centro izquierda), el panorama italiano es sintomático de lo que sucede en Europa. El descrédito hacia la clase política, que no debe confundirse exactamente hacia la política, es la única certeza que campea por el continente. Un descrédito convertido en una parálisis casi total para dar con soluciones a la crisis, y que ha dado paso en los últimos tiempos a la emergencia del político “de bajo perfil” o, en otros contextos, del “tecnócrata”.
Al europeo común ya no parece convencerle los políticos “profesionales”. En épocas de crisis, éstos son víctimas propicias que, peligrosamente, pueden derivar en los populismos de todo tipo, más si cabe de derechas y extrema derecha en un continente de clases medias cada vez más empobrecidas. Italia, otrora séptima potencia industrial mundial, es hoy una especie de enfermo periférico en la Europa ‘germanizada’ por Merkel y sus tecnócratas en Berlín y Bruselas. De paso, en septiembre próximo, Merkel se juega su reelección, con opciones no exactamente favorables.
La Europa mediterránea de la crisis (Portugal, Grecia, España y ahora Italia) se observa atenazada por las medidas de austeridad y un descontento social en aumento, en gran medida salpicado por una corrupción mal digerida en tiempos de crisis. Es triste y complejo, pero es la dura realidad: con bonanza económica, quizás la corrupción que actualmente campea en, por ejemplo, España, sería levemente más tolerable.
Por todo ello, Europa está ‘de bajo perfil’. Y no parece que este perfil pueda elevarse a corto plazo. Las perspectivas económicas para el próximo período de fondos europeos 2014-2020 son claramente a la baja. Nadie sabe cuándo se levantará cabeza.

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