Opinión

El 7/O

Roberto Mansilla Blanco | 27 de septiembre de 2012

Venezuela se prepara para unas elecciones presidenciales decisivas el próximo 7 de octubre, unos comicios que no son ajenos para la opinión pública internacional, especialmente en España, país donde radica una numerosa comunidad emigrante venezolana, calculada en aproximadamente 20.000 personas.
La atención hacia el proceso electoral venezolano cobra intensidad estos días. El pasado fin de semana, el diario de corte monárquico ‘ABC’ publicó en primera plana unas presuntas revelaciones de militares venezolanos donde aseguraban que, en caso de perder las elecciones, el presidente Hugo Chávez Frías movilizaría a sus “milicias armadas” para desconocer el eventual triunfo opositor.
Posteriormente, el martes 25, el diario ‘El País’ publicaba un editorial titulado ‘El gran polarizador’, donde aseguraba (no sin razón) que a pesar de ir adelante en las encuestas, las próximas elecciones venezolanas ya planean un escenario sin Hugo Chávez, aduciendo su convalecencia de salud (a pesar del vigor de sus reapariciones públicas) y un eventual proceso de erosión social y política del ‘chavismo’ y de repunte de opciones opositoras.
La intensidad mediática y sus ‘prosaicos’ intereses, por tanto, se acentuarán con el advenimiento de la fecha de las elecciones, el domingo 7 de octubre. Aunque persuadidos de que la popularidad de Chávez sigue siendo su principal aval para ir adelante en las encuestas, existe una matriz de opinión en los medios internacionales con tendencia a focalizar un país ‘post-Chávez’, razón por la que observan con nitidez la juventud de su rival Henrique Capriles Radonski como una especie de efecto simbólico que imprima un eventual cambio generacional y político.
En todo caso, y con problemas acuciantes como la inseguridad ciudadana, la polarización social y política y las desigualdades socioeconómicas, Venezuela abrirá un nuevo período tras estas elecciones, independientemente de quien sea el ganador. Un nuevo período que debe acentuar y focalizarse en las bases de legitimación de un proceso democrático que debe, imperiosamente, ser inclusivo y no excluyente.

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