Opinión

Vías de salvación y sanidad

Edmundo Moure | 12 de junio de 2017

Cuando nació la generación a la que pertenezco, encontró al mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro, y al mismo tiempo corazón. El trabajo destructivo de las generaciones anteriores había hecho que el mundo para el que nacimos no tuviese seguridad en el orden religioso, apoyo que ofrecernos en el orden moral, tranquilidad que darnos en el orden político. Nacimos ya en plena angustia metafísica, en plena angustia moral, en pleno desasosiego político.

Fernando Pessoa

 

Era preciso que nos salváramos. ¿De qué?, ¿por qué razón?, ¿cuándo?

De la condenación eterna en los fuegos del infierno, que nos esperaba después de la muerte, si no cumplíamos con los preceptos de la santa Iglesia Católica, que eran clarísimos entonces… Porque habíamos nacido con la marca ominosa del pecado original; era preciso limpiarla a través de un comportamiento cuyas normas estaban establecidas… Cuanto antes, pues si la muerte no nos pillaba confesados, según viejo proverbio, nadie podría evitar que nos despeñáramos al abismo sin término.

El miedo estaba instalado, arma insustituible para los dueños de ambos poderes: el terrenal y el escatológico. De esto no teníamos idea, claro; mucho más tarde advendrían tales juicios, gracias a los escépticos, a los agnósticos y a los ateos, sobre todo a los corifeos del positivismo, que se apoyaban en las supuestas ciencias de la conducta humana, como la psiquiatría y la psicología, o adherían a pensadores existencialistas, a filósofos de la razón postmoderna, incluso a sociólogos de prestigio académico y sonoridad mediática.

Pero algo irrebatible se cernía sobre nosotros: la imperfección humana, ya desvelada por las presencias de la enfermedad, la decrepitud y la muerte, sin olvidar el riesgo inminente de amenazas fortuitas contra la preciosa y efímera vida. El manual de respuestas religioso-culturales no nos bastaba, pese a los paradigmas de la fe que teníamos como cercanos referentes, con su aura ya muy lejana, oliendo a incienso y a flores mustias. 

Diversos pastores y agentes de proselitismos varios nos esperaban a la vuelta de la esquina, con sus folletos coloridos, para explicarnos cómo había que interpretar los textos sagrados, la Biblia que tiene casi tantas versiones exegéticas como lectores, empezando por los católicos que prohibieron, durante siglos, su libre lectura, la que provocaba extravíos imperdonables, poniendo en riesgo la supervivencia de una institución consagrada a mantenerse viva por siempre, según aquel aserto etimológico de la piedra vuelta Pedro, artimaña semántica no acatada por infinidad de credos protestantes.

Mario Vargas Llosa narra, en crónica de sus tiempos lozanos de París, cómo fue asediado por una pareja de testigos de Jehová, en su buhardilla del Barrio Latino, al punto de obligarle a cambiar de domicilio, pues aquel acoso le quitaba el sueño, poniéndole al borde de la locura. Se refiere el Nobel peruano a la mirada penetrante del fanático, una suerte de rayos láser que parecen atravesarte hasta lo más íntimo, para que caigas en las azas de una conversión sin retorno. Fanatismo extensivo a credos ideológicos de carácter totalitario.

Hoy estamos saturados de propuestas salvíficas y de sanación, aunque mujeres y hombres de la postmodernidad opten por vías alejadas de las religiones tradicionales, para volcar esa angustia existencial o desasosiego, del que nos habla, con desnuda lucidez, Fernando Pessoa, en propuestas de catarsis que combinan psicología, esoteria en variadas dosis –más orientalista que occidental– y métodos de coaching, todo adobado con principios básicos de ontología que se esgrimen como arma infalible en contra de la metafísica, disciplina tan descartada como el trivium y el cuadrivium de los escolásticos.

Así, se ofrecen también diversas versiones actualizadas del psicodrama de Charcot. Detrás de ello, como ocurre con la mayoría de las actividades sociales al alero del capitalismo salvaje, palpita la morbosa expectativa de pingües negocios, esa hidra de la codicia que jamás se sacia, deidad indiscutida de nuestra época.

Por supuesto, amable y desasosegado lector, mientras más alto es el estatus económico de tanto padeciente, mayor es su pavor ante la muerte y la inevitable consunción, exacerbada tal vez por el uso de cremas antiarrugas y pócimas para frenar la vejez, por no mentar las liposucciones y las cirugías que levantan senos, afirman la zona glútea y procuran labios dignos de los hotentotes.

Los pobres y desamparados de este mundo sufren otro tipo de apremios y angustias, más propios de la dificultad por solucionar necesidades básicas de subsistencia; el resto del tiempo, si algo les queda, lo adormecerán en el entretenimiento televisivo o en la pasión planetaria del balompié…

La buena clientela disponible es, por tanto, venero promisorio para lucrar con este tipo de emprendimiento novedoso; basta un buen gurú y ciertas técnicas elementales de persuasión para echar a andar la maquinaria de alivio, en sus facetas individual o colectiva, según sea el caso o la necesidad interpuesta.

Y no faltan los recetarios naturistas o veganos, ojalá puestos en práctica en comunidades ecológicas ilusoriamente alejadas de los centros de polución… Sí, porque hemos transformado el planeta entero, esta esfera azul que se ve tan hermosa desde la estratósfera, en una gigantesca cloaca, humosa y nauseabunda, de la que difícilmente podremos escapar o sustraernos a sus efectos nocivos.

Como en política contingente, a nadie parece faltarle una receta apropiada. También tengo la mía, aunque esta no necesite de guías espirituales ni de lamas ascéticos conduciendo Mercedes Benz en medio de las reverencias babosas de sus prosélitos... Es de muy sencilla aplicación y la entrego de manera gratuita y abierta, aunque estos rasgos presupongan la ineficacia de un procedimiento sospechosamente accesible.

Es la “parroquia vespertina”…  No, no, mi querido (a) lector (a), no se trata de una iglesia o de una capilla para orar a nuestras humanas y siempre sordas deidades, sino de un bar –o de varios–, sitio donde nos reunimos, casi a diario, parroquianos y cofrades, con el objeto de contarnos nuestras penas particulares, aligerándolas con un vino reconfortante o una cerveza aromática… En ese ámbito, las palabras se unen y engarzan en la mejor catarsis posible, entre confidencias, infidencias, declaraciones, reclamos, exabruptos y aún denuestos, porque un adecuado proceso de sanación psicológica requiere de conjunción dialéctica, de lucha de contrarios y brega de opuestos, sin duda.

Esta terapia, al contrario de todas las mencionadas y de las no referidas, no promete nada y asegura menos, porque carecemos de respuestas y en tal certeza sólo esperamos el alivio temporal y efímero del momento disfrutado entre pares del desasosiego. Nada más. Tampoco postulamos a la aceptación ataráxica del sinsentido, a la manera de auténticos budistas, porque no lo somos ni lo seremos jamás, ya que estamos a siglos de distancia de aquellas culturas que el consumismo occidental procura ofrecernos en sus fútiles vitrinas, como si se tratase de chucherías al alcance de la tarjeta de crédito.

Me dicen que ser asiduo a los bares acarrea problemas de salud; entre ellos la cirrosis, la diabetes, la hipertensión. Además, el alcohol mata las neuronas (¿cuáles?, ¿cómo podría aniquilar lo que no se tiene?) y entorpece el buen discurrir. Sí, estoy de acuerdo, pero ¿qué nos salvará de lo que nos amenaza desde el momento de nacer? Nada. Y esta seguridad, esta certeza de estar enfrentado a lo ignoto es quizá lo único que podría sanarme, pues, como canta Serrat: “Nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio”.

En el bar-parroquia ni siquiera tocamos los temas del ser y del no ser. ¿Con qué objeto abordarlos, si venimos de vuelta?, como bien afirma mi amigo y hermano en la palabra, el poeta Benito. Vamos pues, a lo nuestro, que es obtener el zumo leve del instante, a veces pronunciando un texto poético o la cita de un autor predilecto, de preferencia algún perdedor del reino de este mundo, como lo fuera el mismísimo Cervantes:

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura… Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…

Sí, exacto, como si se lo cantáramos a nuestra amada imposible (todas las verdaderas amadas lo son); así desgranamos sobre la mesa las palabras que podemos sentir y entender en la bendita cofradía. También para esto nos sirven los boleros, los tangos, los corridos mexicanos. En fin, de tanto buscar la sanación, terminamos todos cantando: ¡Salud!

-Que el dios de los agnósticos y reventados se la dé abundante, compañero.

-Lo mismo digo.

-Y yo me sumo…

 

                         

Más acciones:
Otras Opiniones de Edmundo Moure

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca