Opinión

El mundo es pequeño... y nosotros también

Edmundo Moure | 20 de noviembre de 2017

Me corresponde ir al centro de Santiago, dos o tres veces por semana, para trámites del COMPIN, del SII, de la Tesorería, de AFP e Isapres y toda la caterva de entidades que nos hacen dudar de la democracia efectiva. Busco llevar a cabo mis gestiones cerca del mediodía, contando con el pretexto –innecesario, por lo demás– para comer un sándwich de pierna (de cerdo, entiéndase; evitemos equívocos), en el bar-restaurante Ciro’s, de calle Bandera… sí, en el mismísimo lugar donde iniciara, hace cincuenta y dos años, mi “despedida de soltero”. En el rincón izquierdo de la barra se reúnen, a diario, cuatro o cinco parroquianos, comandados por Marcelo Pascual, decano del grupo, nacido en 1939 (como Toño). Ellos no almuerzan allí, sino que beben dos o tres botellas de “cola de mono” –ese raro brebaje hecho con aguardiente, leche, café y especias aromáticas– como bajativo, para luego dirigirse a sus casas y dormir la merecida siesta de los benditos jubilados (los que perciben pensiones equivalentes a US1.500. –o más). Los menos afortunados, volvemos al “laburo”, hasta las seis o siete de la tarde.

Contraviniendo a los cultores del “coaching” y otras zarandajas salvíficas de dudosa procedencia, afirmo que esta del bar es la única terapia posible, aunque no sirva para alcanzar la ataraxia ni para preparar el pasamento o tránsito a la otra orilla, según incomparable sustantivo gallego. Porque sería insoportable un mundo de individuos perfectamente equilibrados, elaborando en duermevela sus “balances positivos” de lo obrado en sus largas y adocenadas existencias, acumulando frases célebres y aforismos de supermercado, para hacer ver a sus hijos la improcedencia de fumar marihuana o ingerir bebidas alcohólicas. Pues, lo que no pudieron obtener las grandes religiones monoteístas, menos van a lograrlo estas recetas seudo-filosóficas de triunfadores a la violeta que se auto-asignan el rol de sacerdotes o gurúes de lo que jamás alcanzaron ni alcanzarán.

Pues bien, hoy llevé a mis cofrades un ejemplar de mis Memorias Transeúntes, obra única y extraordinaria, que nadie en su sano juicio debiese dejar de leer, aunque no ofrezca pócima alguna ni vaya a mejorar el ánimo de ningún ciudadano de esta menesterosa república; por el contrario, pudiera acrecentar cierto desasosiego o angustia existencial. El ejemplar fue adquirido por seis ciudadanos (no están los tiempos para dilapidar el peculio), a quienes incluí en la dedicatoria, por estricto orden cronológico, ya que si la antigüedad –para mí– no constituye grado, al menos hay una ascendencia de respeto implícito entre iguales. 

Uno de los contertulios, a quien fui presentado hoy, es Claudio Herrera, hijo del ilustre Felipe Herrera… Me preguntó si yo era pariente de Juan Luis Moure, a lo que presto respondí: -“Más bien, él es pariente mío, siguiendo la línea de sucesión que prescribía Heráclito”. –“Ah –me dijo–, entonces eres hijo de don Cándido”. –“A mucha honra” –le respondí, (aunque a mí nadie me diga don Edmundo). 

Entonces, me contó que en 1997, luego de una delicada cirugía, su padre, don Felipe, acostumbraba caminar por el barrio de Pedro Valdivia Norte, apoyado en un bastón. Cándido padre se le unía y daban un paseo juntos, conversando de lo humano y de lo civil (Dios los libraba de hablar de lo divino o de lo castrense). –Recuerdo con mucha estimación a tu padre –dijo Claudio; también a tu hermano Juan Luis, que se empeñaba en construir casas sobre los árboles (quizá rememorando pasadas épocas de los primates que fuimos), y mi padre, vecino suyo de tapia contigua, le advertía que estaba excediéndose en el deslinde y cualquier día alguno de sus vástagos podía aterrizar en su propiedad... Enseguida, me preguntó por mi parentesco con José Luis, el primo (se lo dije, breve y conciso), y con don José, de Exprinter, el tío Pepe (me explayé, en este caso, con cariño y nostalgia, según corresponde).

Otro de los parroquianos, Guillermo Risco, hijo de padre canario y nacido en Chiloé, se refirió al ensayo comparativo de la Galicia del noroeste y de la Nueva Galicia austral. Había sido compañero en la Escuela de Leyes con José Luis. Le dije que Risco es apellido de origen galaico, y aunque no debe traducirse su significado, como si se tratase de una toponimia, “risco”, en lengua gallega, es “riesgo”. Le hablé de Vicente Risco, célebre escritor gallego, miembro fundador de la Xeración Nós, pero hasta ahí las relaciones lingüísticas se interrumpieron, por inadvertencia de una de las partes.

Juan Carlos Ortega, otro de los asiduos al “cola de mono”, me preguntó cuánto había yo ganado con mis veintitrés libros. –“Muchísimo” –le respondí, mirando la hora en mi celular todo terreno. –“Es hora de marchar, compañeros, porque el deber aguarda”.

Caminé, aligerado, aunque no lo suficiente, hacia mi destino oficinesco en calle Almirante Blanco Encalada, pensando que el mundo es muy pequeño… y nosotros también.

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