Opinión

Lugar ameno y sueños vanos

Edmundo Moure | 15 de octubre de 2018

Quizá se trate de un tópico decimonónico, o aún más antiguo; la proposición de un lugar ideal para la escritura, alejado del bullicio del mundo (Fray Luis de León), donde el ambiente sea adecuado para encontrarse con las musas y escribir desde la ensoñación creadora. Algo por completo reñido con las condiciones actuales de vida, inmersos como estamos en un tráfago asfixiante y enloquecedor.

Pero quien ha escogido este oficio o quien se ve arrastrado por la servidumbre de una pasión arrebatadora, como es la de las palabras, debe saber arreglárselas para escribir en las situaciones más adversas o contrarias a esa idealización del locus aislado y sereno que soñaban los románticos. Así le ocurre a la mayoría de los escribas que conozco, salvo que vivan en alguna aldea remota, con sus necesidades de subsistencia cubiertas, inmersos en la paz bucólica del campo. Excepciones que confirman la regla coercitiva…

Como habitantes de la urbe frenética, nos daremos maña para leer y aun escribir en lugares y ocasiones que parecen vedados a toda concentración creativa, leyendo en el microbús bamboleante o en el metro atestado de seres que pululan por extraer del hormiguero los medios para subvenir sus propias necesidades y las de los suyos.

En lo que a mí atañe, te cuento, amiga lectora, amigo lector, que hace cuatro años comencé a trabajar en la idea de una novela con ciertos ingredientes o elementos literarios de “anticipación”, proyectada para recoger y recrear en sus páginas algunas iniciativas científicas en boga, como la intervención genética en seres humanos y otras manipulaciones semejantes. Sabemos que los chinos han realizado y llevan a cabo experimentos de vanguardia en este sentido, movidos por su creciente inquietud ante la sobrepoblación de su territorio y los graves desafíos de la subsistencia alimentaria. Estos intervienen en la trama del texto, ya lo verás…

Entre las crónicas que escribo cada semana y las obligatorias tareas contables, logré articular el esqueleto de la narración, pero quedé entrampado en su posterior desarrollo y desenlace. Entonces, como soy dado a proponerme empresas de improbable ejecución, imaginé la posibilidad de refugiarme, dos o tres meses, en una cabaña aislada del mundanal ruido, para concentrarme en la magna labor de sacar a luz la novela.

Después de un año de espera e inútiles lucubraciones, me di por vencido… No respecto de la escritura, sino de aquel anhelo absolutamente extemporáneo. Apelé a mi proverbial porfía en estos lances y me di a la tarea de concluir la narración, asunto que logré rematar el domingo recién pasado.

¿Cómo lo hice? No puedo explicarlo con mayor detalle cronológico, pero lo resolví como otras instancias en las que el uso del tiempo pareciera una partida de ajedrez en la que te sumerges, concentrado y dispuesto, pero que debes suspender, una y otra vez, para acometer obligaciones de primera necesidad, como pagar impuestos, calcular salarios, cumplir trámites en las innumerables reparticiones, públicas y privadas, de este país nuestro, entregado por completo a servir los más insólitos requerimientos burocráticos, so pena de naufragar en el océano proceloso de la tinta y el papel “de oficio”, sobre todo cuando esperas recibir un pago y el funcionario o funcionaria te dice, con una sonrisa sardónica: -“No va a poder cobrar hoy día, señor, porque le falta el formulario 666, y el certificado 333 no trae ni el timbre ni la tercera firma”…

El “lugar ameno” se transforma en el espacio virtual de la mente, capaz de funcionar fuera de cualquier locación determinada, aun en sueños, cuando despiertas sobresaltado porque Gulliver Miranda, el personaje principal de tu novela Hombres en Miniatura, te ha revelado el móvil de una acción que va a emprender contra Estela Sismundi, la Uruguaya, que le tiene sorbido el seso y también el alma; entonces, te levantas de súbito y corres a la mesa del comedor para anotar la resbalosa o efímera idea nocturna. De vuelta a la cama, tu mujer se ha desvelado y te recuerda, una vez más: -“Tú estás enfermo, h….. y vas a terminar trastornado por completo”.

No respondes, porque sabes que ella tiene razón –porque las féminas no buscan ese lugar ideal, pues ellas son ya el sitio mismo y su paisaje–, pero te acomodas en el umbral del sueño y saboreas la frase que describirá con certeza la acción de Gulliver; también te condueles del destino asignado a la Uruguaya, pero sabes que toda conmiseración de esta naturaleza es inútil, porque los personajes se te escapan por los vericuetos de la ciudad de tu locura y terminan moviéndose por voluntad propia, como bien lo intuyera Luigi Pirandello, aunque ya Cervantes sabía esto, no solo respecto a los protagonistas de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, sino de los varios narradores que intervienen, como alter ego, para enriquecer la obra y, de paso, extraviar al lector en el laberinto de la trama.

Si no tienes a tu disposición ese locus amoenus, al menos contarás con estos pequeños espacios, físicos y temporales, para armar el rompecabezas de la escritura. Date por satisfecho con eso y no te pierdas en sueños vanos.

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